El tren, metáfora de la vida

“El tren, metáfora de la vida”, leo en la primera página del libro de Jordi Sierra i Fabra que estoy empezando. Leo el libro, y ahora escribo este texto, desde el asiento de un tren, el que me lleva a Barga desde Pisa, a donde llegué hace un rato en avión desde Madrid, ciudad a la que me transportó otro tren (desde Girona, esta vez) en un viaje que, pese a ser “de trabajo”, no está exento de placer. Ningún viaje lo está, y menos si incluye ver pasar un trocito de mundo por la ventana de un vagón.

Siempre me gustó viajar en tren. También en avión, porque generalmente para mí volar ha sido sinónimo de empezar una aventura, pero el tren es más real. Miras por la ventanilla, como hago ahora, y ves pasar la vida. Árboles, edificios, postes de la luz, campos sembrados o en barbecho, casas de campo, pasos a nivel (ya están en extinción), ríos, los raíles de la otra vía, silos de grano, montañas lejanas, tejados, estaciones de pueblos olvidados… También tu propia cara, reflejada en el cristal, cuando pasas por un túnel.

El tren, metáfora de la vida.

En el tren Luxor-Cairo

En el tren Luxor – El Cairo. Abril de 2005.

El tren, me reafirmo, es diferente. El avión se limita a transportarte; el tren es parte de la experiencia y eso hace que muchos de mis recuerdos viajando en ellos sean memorables. En Egipto, por ejemplo: Sandra y yo tomamos un tren nocturno (los llamados coche-cama que ya casi no existen en España) desde Luxor hasta El Cairo y la experiencia bien podía haber tenido lugar en los años 50 a juzgar por el traje y la actitud del revisor, la comida y los decadentes cubiertos, el estado fósil de las sábanas y la atmósfera bulliciosa y colorida de la llegada a la estación de El Cairo a la mañana siguiente. Fue inolvidable: parecía que estábamos en una novela de Agatha Christie. En otra ocasión, Laura y yo atravesamos Tailandia (desde Bangkok hasta Surat Thani) en otro tren nocturno, pero esta vez no era un coche-cama sino un “coche-sofá”: fue impactante ver cómo el revisor convertía los vetustos sillones en sofás para tumbarse haciendo uso de un ingenioso sistema de interruptores y palancas. Mucho más recientemente, y también en Asia, tomé un tren mucho más moderno en el que batí mi récord de velocidad en tierra: 403 Km/h marcaba el pequeño visualizador en la cabecera del vagón del tren Maglev que, levitando sobre un campo magnético, te lleva desde Shanghai a Hangzhou.

En América Latina, por contra, no tengo muchos recuerdos de viajes en tren porque allí, tanto en América Central como en Sudamérica, el tren no es un medio de transporte de masas. Recuerdo con muchísimo cariño, eso sí, los trayectos cortos desde la estación Victoria (en Beccar) a la estación de Retiro que eran preludio de mis largos paseos solitarios por Buenos Aires en el invierno austral de 2002 mientras Sole, a la que estaba empezando a conocer, trabajaba, y también el viaje de ida en el llamado autovagón, un tren que recorre trabajosamente el valle sagrado de los Incas y te lleva de Cuzco a Aguascalientes, al pie de la ciudadela fortificada y secreta de Macchu Picchu.

Vestíbulo principal de la Grand Central Station, en Manhattan. Junio de 2012.

Vestíbulo principal de la Grand Central Station, en Manhattan. Junio de 2012.

En la otra América, la del Norte, mis recuerdos en los trenes son muy variados. En los últimos años he hecho muchas veces el trayecto desde la Grand Central Station – la impresionante estación de tren en el corazón de Manhattan – hasta Mamaroneck, donde vive mi hermano Gabriel. El tren atraviesa Harlem, después el Bronx y luego se interna por los bosques del estado de Nueva York, siempre paralelo al río Hudson, y yo no me canso de mirar por la ventana para admirarme, una vez más, con los enormes contrastes de la ciudad. También frecuento la Penn Station (debajo del mítico Madison Square Garden) para coger el tren desde y hacia el aeropuerto JFK o a la vecina New Jersey.

Mi viaje en tren más curioso en el norte del continente americano me llevó desde Memphis hasta Nueva Orleans y fue posible gracias a una canción :-). Mi vuelo se canceló por amenaza de huracán en la ciudad del jazz, pero Natalia, mi anfitriona, me insistió en que tratara de llegar por tierra antes de que Eolo desencadenase las hostilidades. En un primer momento no pensé en el tren, porque en los EE. UU. no se utiliza mucho para viajes largos, pero recordé una canción de Willie Nelson llamada “City of New Orleans” que habla de un tren que, en los tiempos lejanos de la llegada del ferrocarril, recorría la espina dorsal del medio oeste desde Chicago hasta Nueva Orleans. Me vino a la mente parte de una estrofa: “Nighttime in the City of New Orleans, changing cars in Memphis, Tennessee”. Me pregunté entonces si ese tren todavía existía… y así era, aunque los vagones ya no eran de madera ni iba borracho de whiskie el revisor. Saqué mi billete y pude llegar a mi destino en el que, por cierto, el huracán no fue para tanto… a diferencia del terrible Katrina que asoló la ciudad pocos años después.

Recuerdo también viajes en tren más cercanos (en el espacio, que no en el tiempo). Supongo que Consu se acordará de la noche en la que casi morimos de sed tras tomar el Inter-Raíl en Cerbère con destino a Ginebra, exhaustos y sudando como pollos en pleno agosto y con diez horas por delante sin una gota de agua que llevarnos a la boca. Recuerdo también con nostalgia como “cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el Norte” (¡gracias, Sabina!), de Valencia a Madrid, casi cada fin de semana cuando iba a encontrarme con Pepín, con Cristina, con Nacho, con María, con Ana… con mi ciudad, en definitiva, a la que había abandonado atraído por la calidez del Mediterráneo (menos mal que Madrid me perdonó aquello). Entonces no había AVEs y Renfe llamaba “Tren Rápido” a uno que tardaba seis horas en ir de Valencia a Madrid pasando por Cuenca o por Alcázar de San Juan. Antes incluso de aquello, viene a mi memoria un viaje con Pepín a Burgos (corría el año 1981 y teníamos 15 añitos) y recuerdo la cara mitad decepción, mitad cachondeo de un grupo de hippies todo paz y amor cuando – inocentes – les dijimos que teníamos chocolate y resultó que era Nestlé…

Durante varios años, he pasado muchas horas durmiendo, trabajando, leyendo o pensando en cómodas (o no tan cómodas) butacas mientras la Renfe, en sus diferentes modalidades (cercanías, larga distancia, media distancia o AVE), me transporta desde Valencia a Girona para ver a Sole. Cuando ella vivía allí a tiempo completo, nos separábamos muchos Lunes en Barcelona en la estación de Passeig de Gràcia, tras un desayuno furtivo a las seis y media de la mañana antes de tomar vías opuestas, y esos cafés sabían a gloria porque sabíamos que la semana siguiente esas mismas vías volverían a juntarnos. Ahora, con el paso de los años, es ella la que duerme, trabaja, lee y piensa en esas butacas una vez por semana. Yo creo que Renfe (y Paloma, y yo) la deberíamos hacer un monumento…

Tren 'Paprika', estación de Szeged, Hungría. Mayo de 2010.

Tren ‘Paprika’, estación de Szeged, Hungría. Mayo de 2010.

Pero de todos mis trenes y estaciones, hay dos que son los más especiales para mí: la estación Nyugati de Budapest y el tren Paprika, un viejo InterCity que cubre el servicio Budapest-Szeged. Cuando allá por Julio de 2009 decidí irme por unos meses a Hungría, lo hice porque el grupo de investigación de András Varró nos ofrecía justo lo que necesitábamos (un laboratorio puntero en la técnica del patch-clamp), pero también porque el país me atrajo irresistiblemente desde el primer instante. Siempre recordaré que la primera sensación de atracción poderosa la tuve en la tórrida noche en la que tomé ese tren por primera vez. Recuerdo que entré en uno de los viejos compartimentos de puertas corredizas, abrí la ventana y asomé la cabeza para refrescarme un poco, y entonces caí en la cuenta de que en España ya no se pueden abrir las ventanas de los trenes, no vaya a ser que un árbol te corte la cabeza. Varias horas más tarde llegamos a la estación de Szeged y había gente en el andén esperando con una sonrisa a los viajeros que llegaban, y volví a caer en la cuenta de que en mi país ya no pueden recibirte en el andén: está prohibido el acceso no vaya a ser que alguien ponga una bomba en el lavabo. Pensé entonces que quería volver a vivir, siquiera por unos meses, en un país en el que puedes abrir la ventana de un tren para que te dé el aire fresco en la cara y puedes recibir a alguien en el andén con un beso y un abrazo. Después, cuando un año más tarde viví allí por unos meses, usé ese tren innumerables veces – a veces solo, a veces en compañía – para ir de una ciudad a otra y siempre, siempre, disfruté de la experiencia del viaje.

Releo o que he escrito y pienso que me he pasado media vida subido en un tren. Y me encanta: adoro los aviones por lo que representan, pero adoro los trenes por lo que son. Los aviones te transportan, pero los trenes son parte de la experiencia. Son el viaje a Ítaca: lo importante no es solo llegar, sino también todo lo que aprendes, disfrutas y vives por el camino. Por eso son tan importantes.

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3 thoughts on “El tren, metáfora de la vida

  1. Cómo me hiciste recordar los trenes nocturnos de mi niñez (México- Guadalajara, México- Monterrey). Viajábamos a ver a la abuela en un compartimiento en el que, llegada la hora, el revisor convertía el sillón en una cama pegada a la ventana. Me quedaba dormida mirando pasar la noche.
    Esos trenes ya no existen.

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