Santiago

Dicen que el avión es un medio de transporte tan antinaturalmente rápido que el alma no puede viajar a la misma velocidad y llega más tarde que el cuerpo. Según esa teoría, mi alma debe andar todavía por Argentina aunque mi cuerpo llegó a Santiago hace unas horas, pero por una vez la teoría falla: tenía tantas ganas de volver a pisar Chile que esta vez mi alma viajó conmigo. Y juro que me resulta difícil arrancarla de Buenos Aires así, de cuajo. Es más: hoy está aquí de prestado porque cuando pasado mañana me despierte en Valencia ella habrá vuelto al Río de la Plata y se hará la remolona…

Volver después de dieciséis años a una ciudad que significa tanto para mí (fue la primera que pisé en Sudamérica, y no la elegí por casualidad) me excitaba muchísimo. ¿Cómo la encontraría? ¿Me resultaría fácil recuperar la complicidad con ella después de tantos años? ¿Seguiría siendo para mí lo que era? Hoy, después de coquetear con ella durante varias horas, me ha ocurrido algo parecido a lo que sentí con Budapest hace unos meses: he confirmado que fuimos amantes y que lo seguimos siendo a pesar de la distancia y el tiempo. Además, hoy me di cuenta de que Santiago es guapa, ¡qué carajo! La recordaba feúcha y no es así…

santiago_allendeMe gustó la sensación de percibir la ciudad con una dualidad que no esperaba. Por un lado, Santiago sigue siendo para mí la ciudad de Allende, la del trienio de la Unidad Popular, la de la utopía rota por las bombas y los fusiles aquel ignominioso 11 de septiembre… El primer lugar al que he ido hoy ha sido La Moneda: no podía ser de otra forma. Mis piernas han vuelto a temblar de emoción al acercarme y he vuelto a rememorar el último discurso de aquel Allende íntegro, sereno, sabedor de que estaba a pocas horas de la muerte, de que cumpliría su promesa de pagar con su vida la lealtad del pueblo. He pensado tanto, he leído tanto, he hablado tanto, he escrito tanto (en este blog varias veces, en Facebook, en otros lugares y hasta en el diario El País) y, sobre todo, he sentido tanto aquello que ya no puedo pensar, leer, hablar, escribir y sentir más. Aún así, no he podido evitar que se me humedeciesen los ojos al recorrer hoy esa “Alameda por donde pasa el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

Es probable que nunca vuelva a nacer un político tan íntegro. Michelle Bachelet sí lo parece y es justa heredera de los ideales y los valores de Allende, salvando las distancias temporales e ideológicas. Los de mi país, por contra, se ríen de lo que prometen e incumplen, cobran sobresueldos en sobres de dinero negro y se ríen de la pobreza infantil. Dan asco. Allende entregó su vida por el pueblo; ellos entregan al pueblo por sus bolsillos.

Pero también he percibido una Santiago nueva que me ha sentado muy bien y que me ha hecho mirar hacia adelante y respirar nuevos aires. Una Santiago fresca, joven, musical, superadora del pasado más utópico (1970-73) y del más negro y amargo (1973-91). He caminado por el Centro, después por Lasterría, por Bellavista y por Providencia y la ciudad lucía bonita y veraniega. Ya entrada la madrugada, cuando la mano invisible de la ciudad por la que siempre me dejo guiar cuando viajo me condujo hasta el Parque Forestal, donde la Costanera Norte besa a la Alameda, encontré a cientos de jóvenes bailando descalzos sobre la hierba fresca al son de Bob Marley en una fiesta improvisada.

Con esa imagen de un Chile que mira hacia el futuro me quedaré cuando mañana vuelva por mis pagos. Santiago, estás muy bonita. Gracias por esta tarde. Nos volveremos a ver. Seguro.

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