Locos de Buenos Aires

“Los locos de Buenos Aires
latiendo por todas partes
llenando de sol la noche
con su fuerza, con su arte”

Los locos de Buenos Aires, Alejandro del Prado

– Ya no quedan caballeros como los de antes…

Aquél chico – tendría unos treinta años – había permanecido en silencio desde que se sentara en aquella mesa del bar Totón, en la esquina de Santa Fé con Coronel Díaz, dos horas antes. Ahora nos miraba con aire algo desafiante y nosotros no sabíamos qué decir.

– Yo jamás he dejado que me pague nada una mujer.

– ¡Pero si es mi hermana!Pedro trataba (innecesariamente) de justificarse por haber dejado a Sole pagar las copas un minuto antes.

– Pero no es caballeroso dejar que pague ella…

Sole ya no aguantó más e intervino, acompañando sus palabras con risa para rebajar la tensión pero sin dejar de poner los puntos sobre las íes.

– Esa postura no es caballerosa, ¡es machista!

– No es machista… – insistía el machista.

– ¡Sí lo es! – y no era ahora Sole la que hablaba.

Todos nos giramos hacia el quinto habitante del bar. Habíamos sido seis, pero el camarero que nos había servido se había marchado hacía media hora con un “¡Me esperan dos minas!” y una sonrisa maléfica de la que no supimos interpretar si las minas eran su mujer y su hija, su madre y su tía o si se iba a una orgía.

– Son las mujeres que dejan que pague siempre el hombre las que sostienen el machismo.

El quinto habitante dejó la pluma sobre las hojas manuscritas, deslizó las gafas de cerca sobre la nariz para vernos mejor e inició su discurso.

– Fue así durante años, en las civilizaciones primitivas. El hombre cazaba, la mujer cocinaba. Era él quien traía a casa la pieza. Después trajo la plata. Pero ya no. Ahora ellas trabajan, en ocasiones cobran más que el hombre. No tiene por qué pagar siempre él.

Dudé. Eran más de las cuatro de la tórrida madrugada bonaerense y hacía rato que había ido desconectando las diferentes zonas de mi cerebro para abandonar lentamente el estado de vigilia, como cuando el guarda de seguridad va apagando una a una las luces de un museo tras la hora del cierre. Dudé si entrar al trapo e intervenir (para lo cual tendría que activar de nuevo el lóbulo occipital) o callar para que la escena durase lo menos posible porque, al fin y al cabo, ya nos estábamos yendo y era muy tarde. Pero aquello prometía mucho, así que opté por prestar atención pero sin intervenir. Lo hizo Pedro y, cuando me quise dar cuenta, el hombre de las gafas caídas había iniciado su lección magistral.lemmon

– Las mujeres, en la Historia, han evitado guerras. “Tú te casas con mi hermana y yo no invado tu territorio”. Así fue en la Edad Media entre los señores feudales.

Yo le miraba y, por momentos, el hombre de las gafas caídas me recordaba a Jack Lemmon en “Missing”, la inolvidable película de Costa Gavras sobre el golpe de estado de Pinochet. Hay una escena donde Lemmon levanta la mirada hacia su nuera (Sissy Spaceck) y su cara se confunde con una caricatura que había pintado su hijo, secuestrado y asesinado por los militares, y que él sostenía entre las manos. Los dos, Lemmon y el hombre de las gafas caídas, tenían la misma mirada: triste y amable, resignada y dulce.

– Después fueron consideradas brujas. ¿Por qué? Probablemente porque menstruaban y no morían. Al sangrar y no morir se les atribuyeron poderes supranormales.

– La sangre y la muerte – Pedro le incitaba a seguir con su discurso. Mientras, el machista había enmudecido por completo.

– Brujas, sí. Con la escoba como símbolo fálico – intervino Sole.

“Vaya, amor,” – pensé – “y eso que hace doce horas habíamos declarado este Lunes “día sin Freud”. Y es que Sole se mete (aún más) en su piel de psicoanalista cuando está en Buenos Aires y uno necesita una tregua…

El hombre de las gafas caídas seguía con su lección magistral mientras yo trataba de descifrar lo que estaba escrito (a mano) en los papeles cuadriculados que tapizaban su mesa y cubrían incluso la taza de café. A esas alturas de la escena, me parecía evidente que aquel hombre tenía que ser escritor, probablemente además profesor de literatura, o de filosofía, o de historia antigua, y mi hipótesis es que dedicaba las madrugadas en aquel bar al lado del Alto Palermo a escribir algún tipo de ensayo o novela. Pero mi miopía me impedía leer los papeles y, además, no quería perder el hilo de su discurso.

– El hombre, cuando estaba solo, cuando no tenía hembra, podía llegar a morir por malnutrición. Tradicionalmente, el hombre cazaba y la mujer sembraba – parecía que había dado un salto hacia atrás en el tiempo y volvía a la época primitiva – y, por eso, si el hombre no tenía mujer, su dieta estaba sobrada de proteínas pero carecía de las vitaminas que dan la verdura y las legumbres.

En ese momento entraron dos minas en el bar pidiendo fuego y Pedro les regaló el mechero. Se fueron sonrientes y el machista recuperó el habla…

– Chicas, ¿volverán luego? – gritó.

Pero el hombre de las gafas caídas seguía con su discurso, cada vez más sorprendente…

– Los Estados modernos favorecen la soltería del hombre para que consuma más. El capitalismo se basa en el consumo y está demostrado que los hombres solitarios consumimos más. Acá estamos cuatro hombres – obvió a Sole – a las cinco de la mañana consumiendo en un bar. ¿Por qué? Porque estamos solteros. ¿Dónde estaríamos si estuviésemos casados? En la cama, durmiendo con nuestras mujeres. No consumiríamos. El Estado lo sabe y por eso fomenta la soltería.

La escena, junto con el discurso, era cada vez más surrealista. El hombre, que con los minutos había ido adoptando un aire de profesor cada vez más evidente, remató su lección y cerró el círculo de su discurso.

– Que pague el hombre, que pague el hombre… Qué absurdo, y qué injusto. Un hombre se casa dos veces, se separa las dos veces, y termina pagando la comida, el colegio, la casa y los caprichos no solo a los hijos (a los que a veces los jueces no te dejan ni acercarte a menos de trescientos metros) sino a las ex-mujeres, que casi siempre ganan más plata que yo.

No dijo “que vos”, o “que uno”. Dijo “que yo”, lo que le delataba: hablaba de sí mismo

– Injusto, ¿verdad? Hace tiempo que el contrato social del matrimonio dejó de ser conveniente y ventajoso para el varón. No hay que casarse. Jamás. Ni pagar la cuenta solo por ser hombre…

Se hizo el silencio y todos interpretamos que el profesor doblemente divorciado había terminado la lección. Y así fue: recogió sus papeles y se despidió con amabilidad. “Hasta el Viernes, queridos alumnos” pareció decirnos con la mirada. “No olviden enviarme la solución del caso práctico por correo electrónico”.

Nos levantamos, nos despedimos y nos fuimos. Todos salvo el machista, que se quedó, probablemente esperando a que volvieran las dos minas del mechero para invitarlas a un gin-tonic.

– Chema, buscá esta noche en internet la canción “Locos de Buenos Aires” – me dijo divertido Pedro mientras nos alejábamos Santa Fe abajo.

Locos de Buenos Aires. Locos. Locos buscando un poco de compañía. Unos desde su machismo, otros desde su púlpito. Los dos desde su soledad. Pero no eran solo ellos dos los locos (tres, contando al camarero de la orgía): nosotros tres – Sole, Pedro y yo – también lo éramos. Quizá solitarios no, pero sí locos. Y el basurero que barría la Avenida Santa Fé, y el conductor del colectivo nocturno que casi nos atropella. Nadie se salva. Todos llevamos nuestra vida a cuestas y soportamos el peso de nuestras propias historias. Algunos están cuerdos en su locura, otros estamos locos en nuestra cordura, pero todos tenemos algo de locos.

La vida es una tragicomedia y todos somos actores de esa obra coral. Aquí, en Valencia y en Cochabamba. En todas partes. Pero la otra noche, en Buenos Aires, la obra alcanzó una intensidad dramática que difícilmente se alcanza en otros lugares.

Buenos Aires es así: ama a los locos y los locos la amamos. Menos mal que, a cada cuadra, uno encuentra un psicoanalista. O siete.

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4 thoughts on “Locos de Buenos Aires

    • Sí, es una ciudad única, con gente única y con un ambiente único. Por eso (entre otras cosas) la amo tanto… Y si te ha permitido volver con la imaginación, me hace sentir muy contento con el texto :-). Gracias a ti por pasarte por aquí.

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