La vuelta a España en ochenta horas

¡Muy buenas! Hoy escribo desde Gijón, en mi querida Asturias “verde de monte y negra de minerales“. Siempre me ha gustado esta tierra y no solo porque la cuarta parte de mi sangre es asturiana sino porque adoro los lugares de paisajes verdes, clima fresco, buena comida y mejor gente. Eso sí: ¡llegar hasta aquí puede ser complicado! Si no me creéis, leed, leed lo que nos ocurrió anteayer…

Nos esperaba un viaje largo: unas 9 horas en coche (contando tres paradas) para recorrer los 821 km que separan Valencia de Gijón. La ruta prevista era Valencia-Madrid-Leon-Gijón. La idea era salir temprano para evitar el atasco de entrada a Madrid, que podía ser épico un domingo 16 de agosto, y llegar a Gijón con tiempo para aprovechar la tarde. Viajábamos cinco personas: S.O.L.E., Paloma, María Esther, Juan y un servidor. S.O.L.E. y yo acordamos que ella conduciría hasta Tarancón mientras yo dormía (había trabajado hasta tarde), yo seguiría hasta Leon (incluyendo el trasiego por la M40 de Madrid) y ella culminaría hasta el destino.

A las 8 y 7 minutos de la mañana, arrancamos. Enfilamos la A3 y yo no tardé en caer en los brazos de Morfeo. Una hora y pico más tarde, abrí un ojo y vi que íbamos por Motilla del Palancar. “Todo en orden”, pensé. Mientras volvía a coger el sueñecito, pensé en S.O.L.E….

A los que no la conozcáis, os diré que S.O.L.E. (nombre en clave de Sole: aquí está la explicación 😉 ) es esa mujer increíble que me acompaña en la vida. Es decidida, inteligente en el sentido más amplio, luchadora, generosa, de convicciones firmes, positiva, amorosa y, por si todo esto me pareciese poco, encima es guapa y además argentina. Y psicoanalista (“qué duro debe ser tener como pareja a una psicoanalista“, me dijo una vez otra psicoanalista, empatizando sin duda con su propio marido). Tiene todas estas virtudes y muchas más, amén de una lista importante de defectos entre los que solo uno viene a cuento comentar aquí: se orienta fatal…

Pensaba, mientras volvía a dormirme plácidamente, que S.O.L.E. conduce muy bien, tanto como para que yo pueda dormir a pierna suelta mientras ella maneja el coche y la situación. Pensaba también en lo que había progresado en sus conocimientos de carreteras españolas desde aquél día del año 2005 en el que, cuando todavía no éramos pareja, me llamó entusiasmada para contarme que, a base de perderse con el coche, había descubierto que en Madrid las carreteras que empiezan por A son radiales y las que empiezan por M circulares.

Mecido por esos pensamientos y por el agradable traqueteo del coche, volví a caer profundamente dormido. Desperté casi dos horas más tarde, alertado por su voz dubitativa.

Amor, para dónde tiro ahora… ¿Murcia o Alicante?

¡¡¿Quéeeeeeee?!! – respondí, aturdido por el sueño y por lo absurdo de la pregunta – ¡Sal, sal de la autovía!

Salimos por el primer desvío y, cuatro curvas más allá, un cartel muy gastado decía BIENVENIDOS A ALBACETE. Pensé “sigo dormido y estoy soñando”. Cerré los ojos, los volví a abrir, y me convencí de que estaba despierto cuando vi un bar con un menú que escrito en letras enormes al lado de la puerta decía “Especialidad de la casa: migas ruleras y gazpacho manchego”.

Para los que leéis esto desde Argentina, os lo explico: es como si salís en auto de Buenos Aires camino a Neuquén, os dormís y, tres horas más tarde, os despertáis en Rosario.

¡No podía creerlo! ¡Estábamos en Albacete, y de milagro no habíamos seguido hasta Murcia! ¡Nuestro plan de viaje, concienzudamente planeado para optimizar los horarios, se había ido al carajo! Dudé entre matar a S.O.L.E., seguir durmiendo o entrar en el bar y pedirme un café y unos miguelitos de La Roda. Elegí esta última opción, sin duda la mejor para paliar un cabreo que, eso sí, solo me duró tres minutos y veinte segundos, los que tardó S.O.L.E. en entrar en el bar con cara compungida y pedirme perdón entre risas. La situación era tan absurda que invitaba mucho más a la risa que al lamento, así que nos carcajeamos a gusto de la situación, a pesar de que el error aumentó en dos horas y media la duración del viaje, lo alargó en 280 kilómetros y nos dejó a merced del atasco de entrada a Madrid.

Claro que 280 kilómetros son, para un argentino, un mero paseo. Una vez viajé con unos argentinos desde Buenos Aires hasta Bariloche: 1.800 kilómetros. A eso de las dos de la madrugada, mientras atravesábamos Cipolleti, le dije al que conducía “¿No deberíamos parar en un motel a dormir un rato?” “No, boludo, ¡si solo nos quedan seiscientos kilómetros!”, respondió, mirándome como si yo fuese un exagerado. Lo que más me alucinó es cómo enfatizó el adverbio. Y es así: un argentino puede recorrer cinco mil kilómetros en coche de un tirón, y solo hay una razón que le haga parar cinco minutos. ¿Se está meando? ¡¡Noooo!! Se enfrió el agua del mate y hay que calentarla :-P.

Pues sí: en aquel bar a la entrada de Albacete nos reímos a placer de una de esas anécdotas que suele protagonizar esta mujer y que se recuerdan durante años. Todavía no sé cómo lo hizo, en qué momento abandonó la carretera de Madrid y tiró para Albacete, ni por qué lo hizo. Lo mejor fueron sus explicaciones basadas en los números, una de las pocas cosas que se le dan fatal (aparte de orientarse).

Te pregunté si por la A-3 íbamos bien y me dijiste que sí, amor – se justificaba.

Claro, Sole, pero es que tú ibas por la A-31

Bueno, A-3, A-31, ¿no es lo mismo?

Claro, díselo a Dartagnan y los treinta y un mosqueteros, o a tu hermana Cruz que vive en Treinta y un Arroyos, o a los treinta y un cerditos del cuento, ¿no te jode?

También intentaba liarme con los nombres de los pueblos…

Me dijiste que te despertara en Tarazona, y hace poco vi un cartel que decía “Tarazona 47”

Tarancón, Sole, ¡dije T-A-R-A-N-C-Ó-N!

A las 9 de la noche entrábamos en Gijón. Como por arte de magia, hicimos todo el viaje sin pillar ni cien metros de atasco, ni en Madrid ni en la ciudad asturiana, y eso que los diarios del día siguiente relataban (con fotos de colas interminables de coches incluidas) la magnitud de sendos embotellamientos gigantes en la entrada de ambas ciudades. Y si no sufrimos los atascos fue por la teoría de nuestro amigo Juan. Según él, eso de “saliendo a las 6 de la mañana no pillamos atasco”, o “yendo por la costa y no por el interior nos libramos de la cola” nunca funciona porque todo el mundo tiene las mismas ideas y acaba confluyendo en la carretera a las mismas horas y en los mismos lugares. Pues bien, nosotros anteayer no pillamos atasco porque fuimos los únicos (repito: los ú-n-i-c-o-s) a los que se les ocurrió ir de Valencia a Gijón por Albacete.

Amor, una genia es lo que sos 😉

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30 thoughts on “La vuelta a España en ochenta horas

  1. Que increible!!!! para los que no la conocen a SOLE,ella es especial, no solo hace frente a todo, sino que tiene ese humor, que no te queda otra, que reirte ante las cosas que hace o dice. Vamos que pareja mas linda!!!!!! Disfruten mucho.Besotes enormes!!!!!!!!

  2. Impresionanate relato!!!!!! he llorado de risa y de emoción!!!!!! las porthe tienen esa rara virtud conduciendo en cualquier lugar del mundo, no se sabe a donde, pero conducen de tal modo que nos dan la seguridad de poder dormir.
    Un beso grande y sigan disfrutando!!!! aun de estar perdidos!!!!
    Reflexión: no existen las distancias largas o cortas todo depende donde te hayas criado

  3. Jaaaajjja, me encanta esa SOLE tan viva, con la que puedes echarte una cabezadita en el coche pero JAMÁS quedarte dormido en la Vida. Qué risa! Recuerdo con cariño cuando le dijiste un día en mi presencia “`[…], tú me caotizas”. Lo dijiste con amor, admiración y diría que agradecimiento. Así eres tú. Así de grande es SOLE!! Disfruten del norte…besos a todos!

    • ¡Enhorabuena por tu premio, Bell@! ¡Y mil gracias por nominarme a mí! Que menciones mi blog es un halago. Uno escribe por placer pero también para que otros difruten con lo escrito, así que si crees que mi blog merece este premio mi alegría es doble. En cuanto tenga ocasión publicaré una entrada agradeciendo el premio. Un abrazo.

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