El Amor de Rafael

Ayer por la noche, en un pueblo pequeñito en mitad de las montañas, tuve un reencuentro muy especial que quiero contaros aquí.

Hace algo más de veinte años, cuando me despedí por última vez de Rafael Amor, no sabía que pasaría tanto tiempo hasta volver a sentarme frente a un escenario a emocionarme con sus canciones. Menos todavía podía suponer que ese escenario no estaría – por ejemplo – en la Sala Galileo Galilei de Madrid (mi pueblo) o en La Trastienda de Buenos Aires (el suyo), sino en un centro cultural de un pueblecito del interior de la provincia de Valencia. Navarrés. Apuntad ese nombre, visitad esa localidad, porque es preciosa y porque los de la asociación Amigos de Humet organizaron anoche un concierto memorable y por lo que me contó Paco – el anfitrión – deduzco que no fue algo aislado y que el gusto por la buena música abunda en el pueblo natal de Joan Baptista Humet.

Veinte años… Hace poco os relataba aquí como fueron aquellos encuentros musicales llenos de nocturnidad y alevosía con Rafael en ese templo madrileño de la música latinoamericana que era la Sala Toldería, debajito mismo del Puente de Segovia, en aquellos años 90 en los que yo era más joven y viajaba en sucios trenes que iban hacia el norte y Rafael era ligeramente más “antiflaco” que ahora ;-). Veinte años, media vida, llevaba deseando volver a verle sobre el escenario, a él y a su guitarra, para dejarme conducir el alma por los caminos del sueño y la utopía de la mano de su voz y mecido por su poesía.

Sucedió ayer y sucedió en Navarrés. Con Sole, María Esther y Paloma, volví a comprobar, media vida después, que a ese porteño de voz profunda y alma de niño le basta con su voz, su guitarra y su magnetismo para llenar completamente el escenario y para secuestrar por un rato y sin pedir rescate el alma de los que allí se congregan. Abre la boca, rasguea la guitarra, te mira a los ojos y obra su desacralizado milagro: su poesía, su humor y su canto provocan en la audiencia el oximorónico deseo de llorar y reír a la vez. Para alguien que ha compartido escenario con Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Alberto Cortez o Facundo Cabral, mezclar la ternura con el humor con esa magia puede parecer fácil, pero no lo debe ser…

Volvíamos a Valencia, ya de madrugada y escuchando su música en el coche, cuando caí en la cuenta de que llevo varios años saltándome sus canciones en el popurrí de cantautores que suelo escuchar cuando viajo. Apretando instintiva y sistemáticamente el botón de “avance” cuando llegan a sus canciones, llevaba mucho tiempo perpetrando uno de esos actos reflejos que, aunque no lo sepas conscientemente, responden a una razón oculta que no quieres conocer. Entonces, conduciendo en la noche valenciana y tarareando “Violeeeee-e-tta” como hace veinte años en Madrid y como hace veinte minutos en Navarrés, conocí la razón: no quería escucharle porque temía no conseguir recuperar nunca las sensaciones de aquellos años de la farra y el vino, la guitarra, los caminos, los amores lisonjeros, impuros y libertinos de mis noches de madrileño veinteañero. Cuando terminan, las vivencias no pierden valor por el hecho de tener un final: precisamente por eso, dan paso a otras nuevas y diferentes y se convierten en recuerdos, que es el material imperecedero del que está hecha nuestra alma. Sin embargo, a veces los recuerdos duelen cuando temes que el paso del tiempo haya borrado lentamente el espíritu de lo que fuiste. Pero ayer, cuando el CD sonó completo sin que mi dedo censurase ninguna canción, recuperé de nuevo ese espíritu y, justo al final de un curso que ha sido para mí particularmente difícil, comprendí (de nuevo) que nunca perdemos nuestra esencia y que los únicos vencidos, corazón, son los que no luchan. Y así es: el curso ha sido difícil, sí, pero si de verdad hubiese perdido mi espíritu de veinteañero rebelde y soñador no habría podido abrirme paso entre el caos y la pena para emprender de nuevo proyectos bonitos e ilusionantes como el que acabo de empezar con mi Sol más brillante…

Gracias, Rafael, por devolverme ayer el sonido de mis veinte años. Gracias, Rafael, por recordarnos que durar no es estar vivo y que vivir es otra cosa. Gracias, Rafael, por el Amor que despliegas sobre el escenario.

Rafael_amor_navarres

 

 

 

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5 thoughts on “El Amor de Rafael

    • ¡Verónica! Como ves, me corporicé ;-). Gracias por los nuevos premios :-).

      Lo de “antiflaco” tiene su historia: el inventor del adjetivo fue José Luis Coll, un humorista español que era inteligente, agudo, bajito y regordete. Por lo visto obsequió a Rafael Amor con el delicioso eufemismo cuando le presentó a su mujer. A mí también me encanta y ahora lo uso para todo (especialmente para mi bandoneónica panza ;-))

  1. Chema: somos, nuestras vivencias. Y al avanzar entre ellas, solo va cambiando nuestra forma de luchar. El tiempo NO BORRA lo que fuimos. Una alegria saber que pudiste encontrarte “bigote a bigote” con Rafael que es un duende que cuando canta, despierta nuestros duendes dormidos y sacude a coscorrones a los estaban en camino. Amo su poesía, su dulce, irónica y contundente poesía. Es porque su forma de luchar, que no cambiado su forma, como la del común de los mortales (entre los que me encuentro) que él, es uno des imprescindibles.Un abrazo amigo querido.

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