Aeropuertos

Dice Ismael Serrano en “El camino de regreso” que le aterran los aeropuertos. A mí, no; a mí me excitan. Siempre han sido lugares muy especiales para mí porque en sus pasillos, salas y puertas han comenzado y terminado algunas de mis mejores aventuras, aquellas sin las cuales no sería lo que soy. Tienen además algo de mágico: son como una ventana en el espacio y en el tiempo, una singularidad planetaria. Te sientas en la cafetería, miras a tu alrededor, y sabes que tus vecinos de mesa, unidos fugazmente por el azar en un punto del espacio-tiempo sin ser siquiera conscientes de ello, estarán mañana en puntos opuestos del planeta. La probabilidad de que las coordenadas de vida de ese pakistaní y aquel uruguayo coincidiesen era de una entre mil millones, pero ahí están, juntos por unos minutos. Nunca volverán a verse, y nunca sabrán siquiera que se han visto.

En las largas horas de espera de las conexiones (mi récord son 11 horas en Amman), me gusta recorrer los pasillos, sin rumbo fijo y sin prisa, y leer los monitores que hay sobre las puertas de embarque. “BUENOS AIRES – LAST CALL”, “DELHI – BOARDING”, “MONTREAL – GATE CHANGE”, “KUALA LUMPUR – DELAYED”. Siempre me detengo unos instantes frente a cada una y pienso en lo pequeño que es el planeta y también en que no opondría resistencia alguna si alguien (sin malas intenciones, claro está) me vendara los ojos y me introdujese en cualquiera de esos aviones escogiéndolo al azar. Da igual en qué destino amaneciese mañana: siempre sería una aventura.

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Paseando por las zonas de embarque, también me gusta recordar. Suelo repetir bastante los destinos (unas veces por trabajo y otras porque no estoy de acuerdo con eso de que “al lugar donde has sido feliz nunca debes tratar de volver” (lo siento, Joaquinito 😉 ). En Ezeiza (Buenos Aires), por ejemplo, he vivido algunas de las llegadas y salidas más intensas de mi vida. Las de julio de 2002 y agosto de 2010 son ejemplos opuestos, pero cargadas ambas de emoción: en una festejaba la vida y en la otra maldecía la muerte. En el Ferihegy de Budapest tengo muy buenos recuerdos porque fui varias veces a recibir a amigas queridas cuando Sara, Carmen y Aurora (y Sole 🙂 ) vinieron a visitarme cuando vivía en Hungría en 2010. En Nueva York (ya sea en el JFK, La Guardia o Newark) casi siempre me recibe alguien (mi hermano Gabriel, Pilu y mis sobrinas se llevan la palma últimamente), lo cual es siempre agradable.

En el de Madrid-Barajas siempre recuerdo a mi padre y a mi madre despidiéndome en los años 90 con una mezcla de alegría por verme feliz y pánico ferreril por las mil y una enfermedades, accidentes o calamidades en general que – creían ellos – iba a sufrir durante mi absurda – consideraban ellos – peripecia por el lejano país de turno que – pensaban ellos – “no venía a cuento visitar y menos con esa mochila y sin haber hecho reservas de hotel”. Recuerdo que, a punto de despegar hacia Bangkok en 1992 (Laura se acordará si lee esto), mi madre se empeñó en que me llevara el teléfono “móvil” que acababa de comprar mi padre. Era un Motorola autónomo que pesaba (no exagero) más de dos kilos (tecnología punta en aquella época, eso sí) y que solo funcionaba en seis o siete zonas de España donde había cobertura. De nada sirvieron mis explicaciones técnicas acerca de la imposibilidad de usar aquel cacharro en un país donde ni siquiera había antenas de telefonía móvil, y menos en las zonas rurales que íbamos a visitar… Al final conseguí no llevármelo bajo la promesa de llamarles un par de veces por semana (al menos) por “España directo”, aquel servicio de Telefónica que ya no sé si existe y que tantas veces utilicé en aquellos años en los que no existían ni Skype ni WhatsApp.

Muchos de mis recuerdos en los aeropuertos son divertidos, aunque en su momento no me provocaran la risa precisamente. En el de Shanghai, por ejemplo, me recuerdo a mí mismo huyendo del país (y no simplemente abandonándolo) después de un viaje que se me puso muy cuesta arriba hace tres años. ¡Qué agobio! ¡No veía la hora de que despegara el avión! También me recuerdo nervioso en el aeropuerto de Delhi, haciendo escala hacia Katmandú en 1993, cuando Sandra, Alberto, GuiomarPilar y yo descubrimos que nuestro siguiente vuelo no existía. Después de entrar en pánico, apareció un vuelo diferente que no estaba anunciado (tampoco existía, supuestamente) que nos llevó a la capital Nepalí en un avión pequeño y prácticamente vacío. No hicimos preguntas… Sobrevolar el Himalaya en aquel cacharro con hélices fue aterrador y sobrecogedor a partes iguales.

Lo del aeropuerto de Sofía, durante una escala, fue realmente cómico. Volví de tomar un café y Laura me contó que había estado charlando con un jeque de los Emiratos Árabes que era (o decía ser) hermano del ministro del petroleo y que le había invitado a su país. Cuando al rato el jeque volvió y retomó su conversación con Laura, el tío pasó de mí de tal manera que pronto comprendí que yo no estaba incluido en aquella invitación…

En el aeropuerto Augusto C. Sandino de Managua volví a fumar después de un año sin hacerlo, ¡vaya que si volví! En 1995 había estado viviendo en EE. UU. por un año (sin dar una sola calada, y bien que me costó dejarlo después de 12 años fumando dos paquetes de Ducados al día) y de ahí me fui a Nicaragua por un mes. El día de marras dejaba el país ex-sandinista para volar a San José de Costa Rica. Ya casi embarcando, cayó tal vergazo (diluvio tropical en el particular lenguaje de los nicas) que el vuelo se retrasó dos horas mientras escampaba. Mi pánico a volar (y más en esas condiciones infernales) se juntó con las ganas de fumar y empecé por uno, luego dos, luego otro más… y los “Belmont suave” fueron cayendo a la misma velocidad que la lluvia. ¡Casi un paquete me fumé! ¡En dos horas! Subí al avión tosiendo como un poseso pero, eso sí, mucho más tranquilo…

Sí, los aeropuertos me estimulan y me traen buenos recuerdos. Viajar es fascinante, y los aviones te pueden llevar tan lejos… Cuando pienso en viajar, siempre me viene a la mente la misma melodía y la misma poesía: “Desafiando el oleaje sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez mi corazón de viaje”… Pero viajar también es volver, y a la alegría del regreso también le canta Sabina: “Cuando en vuelo regular surqué el cielo de Madrid me esperaba una recién casada que no se acordaba de mí”. Yo tengo más suerte que Joaquinito y, cuando vuelvo, mi no-recién casada suele acordarse de mí ;-). El próximo sábado, cuando vuelva a Valencia después de a enésima aventura, estará (espero :-)) en Manises, esperándome, y pensando (pensando los dos) en nuestro próximo viaje juntos (porque, aunque a veces me gusta viajar solo, prefiero mil veces sobre mil subir al avión con mi Sol…).

Besos a todos. Y buen viaje.

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20 thoughts on “Aeropuertos

  1. Y no dejaban de tener razón mis pobres tíos José Mari y Sara, que en su inmenso amor de padres no atinaban a entender que se le ha podido perder a un hijo mochilero con veintipocos en Katmandu o destinos exótico/peligrosos parecidos. Como diría mi abuelo Ferrero ” Jesús, que jode jode se trae este con tanto viajecito “. Un abrazo corropla.

  2. Que bueno leer las experiencias de quienes disfrutan de los aeropuertos!
    Por el contrario, yo los odio. Demasiado ansiosa, me revienta “estar en transito”. Quiero estar, no “yendo a” o “viniendo de”
    Y eso del bolso de viaje, otro embole, que como le meto tanta cosa por las dudas, resulta mas pesado que una cruz camino al Golgota.
    Feliz de ti! Echate otro viajecito en unos dias! Digo, para despuntar el vicio, eh!

    • ¡Ya tenía ganas yo de que discrepáramos en algo! 😉 A mí también me gusta “estar” más que “yendo” … pero el “yendo” del aeropuerto solo dura un momento, el sufieiente para disfrutar el “estar” de manera anticipada. ¡Esa ansiedad me encanta! Besos, Marion, y me encanta verte por aquí.

      PD Si voy a Montevideo (ojalá), ¡¡tienes que venir a recibirme al aeropuerto!! 🙂

  3. .”…con una mezcla de alegría por verme feliz y pánico ferreril por las mil y una enfermedades, accidentes o calamidades en general que – creían ellos – iba a sufrir durante mi absurda peripecia…”

    Si, si, arrobilla, échale la culpa al boogie, qué se de buena tinta que el primer capítulo que lees en la Lonely Planet es el de “Dangers and annoyances”: te aprendes de memoria los nombres de todos los virus, bacterias, protozoos y metazoos endémicos de la región así cómo todos los síntomas indicativos (una buena diarrea, un dolor de cabeza persistente, una mala digestión) de una muerte imminente.
    Besos besos

    • Así que de buena tinta, ¿eh?… Pues dale un beso de mi parte a la tinta y dile que tengo ganas de verla (¡¡¡y a tí también!!!). Respecto a lo de la Lonely Planet… Pues sí, ¡bien lo sabes! de hecho la penúltima LP que me compré trataba específicamente de los problemas de salud en países tropicales. ¡Es todo un tratado!, y estoy casi convencido que lo escribieron pensando en mí ;-). En aquel viaje a tailandia con tu hermana estaba absolutamente convencido de que me iba a morir. Si no era por dengue hemorrágico sería por malaria, si no por fiebres tifoideas y si no por mordedura de lagarto… pero sobreviví y desde entonces mi hipocondria ha sido (casi) vencida 🙂

      ¡¡¡¡Qué ganas de verte!!!!

  4. Amo los aeropuertos, tanto como a los aviones, porque encierran promesas y fantasias. En ambos casos son fantásticas! Y vistos los comentarios veo que no solo me pasa a mi.Abrazos Chema.

    • ¡Muchísimas gracias, Verónica! Que me nomines es una alegría (y por partida doble :-)). Felicidades a ti también, veo que tu blog es muy apreciado en la blogósfera, y con justicia. En cuanto pueda comentaré el premio en mi blog y haré mis nominaciones. Besos.

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