Para que no te me olvides

En el momento en el que empiezo a escribir esto (las 19:29 del jueves 20 de febrero de 2014), mi amiga Raquel estará sentada en una silla mirando un televisor en blanco y negro en el que alguien habla sobre el flamenco y sus diferentes palos. La sala es minimalista: el viejo televisor, dos sillas, un radiocassete y una muñequita flamenca. Raquel da la espalda al público, igual que Pau, su compañero. Detrás de ellos, decenas o cientos de personas observan en silencio y, poco después, empiezan a sentir.

Es el comienzo de la obra teatral “Para que no te me olvides“, representada por la compañía Lupa Teatre. El texto es de Guadalupe Sáez, los actores/actrices son Pau Gregori, Raquel Sanz y Sandra Sasera, y los que disfrutamos (vibramos, habría escrito Bego) somos todos los que hemos tenido y tendremos la fortuna de estar presentes cuando se produce el milagro. Sole y yo lo hemos hecho varias veces ya.

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Son las 19:42, y en este momento Pau ya habrá dicho varias veces eso de “le encantaba el flamenco, pero no cualquier flamenco”, Sandra habrá taconeado por soleares (¿o son peteneras?) y Raquel habrá dicho aquello de “un hombre de 68 años de edad murió no ahogado en la piscina de su casita con arbolitos limoneros y ramitas y lechuguitas…” en una escena tragicómica de esas que, a base de mezclar el humor con el dolor, nos ayudan a que las lágrimas que se nos escapan mientras vibramos tengan algo de azúcar mezclada con sal.

Son las 19:46 y hoy no estamos ahí Sole y yo, confundidos entre el público. He estado con ella en casi todas las representaciones de la obra (y ya van cuatro o cinco) pero hoy no me sentí con fuerzas para ir. Siempre que lo hago se me encoge el alma y hoy corría el riesgo de ahogarme por estrujamiento. En la obra, la autora recuerda a su padre, Antonio Sáez Ramírez (Sáez con acento o, mejor, “con tilde”, como precisará Sandra dentro de un momento), fallecido hace algunos años, y yo todavía no he podido empezar a recordar a mi madre porque hace tan poquito que se fue que todavía creo que es ella cuando suena el móvil a las 10 de la noche (“qué pesadita mi madre”, pienso de manera refleja, entre cariñoso y protestón), todavía pienso “este domingo hay comida en su casa y veré a mis hermanos”, todavía creo que mañana he de levantarme antes para llevarla a su revisión médica de los miércoles o todavía pienso “tengo que decirle que Giedo van der Garde – su vecino, piloto de Fórmula 1 – no correrá con Caterham esta temporada”.

Son las 19:57 y Pau ya habrá empezado a leer el diario de Antonio. “Diecinueve de diciembre, jueves: vamos al médico y hay nuevas recetas”, o “Catorce de marzo, martes: hoy me he levantado tarde y sin ganas. Anoche tuve muchas molestias y he dormido poco”, o “Veinte de abril, lunes: hoy pastilla a las seis y cuarto. Me he tenido que acostar, no era posible estar de pie”. Mi madre nunca escribió un diario en sus últimos meses, pero si lo hubiese hecho perfectamente podría haber escrito las mismas frases que escribió Antonio (salvo lo de “Veinticuatro de enero, viernes: ha llegado el queso de once kilos que pedimos”: a mi madre le gustaba el queso, pero no tanto… :-))

Ya son las 20:12 y yo, si estuviese entre el público hoy en la Sala Matilde Salvador, ya estaría llorando. Cuando Pau y Raquel dejan escapar ese grito desgarrador que pinta la sala de negro, siempre lloro porque me acuerdo de mi padre. Sí, de mi padre. Mi padre murió en 2008, también no ahogado, como Antonio. A él sí le recuerdo porque ya me ha dado tiempo a hacerlo, y le recuerdo con tanta alegría que cuando lo hago se me llena más la cara de risa que de llanto. Me pasa igual que a mis hermanos: nos encanta recordar sus anécdotas, sus historias rocambolescas, su risa, sus bromas y, sobre todo, su bonhomía. Cuando Raquel (“olé mi niña guapa” ;-)) dice aquello de “primer recuerdo que tengo de mi padre” (y debe estar diciéndolo justo en este momento) y relata la anécdota de la Nancy o de la cama rota, lloro de risa porque me acuerdo de las miles de historias divertidas del mío. Otro día, si me animo, contaré aquí algunas de ellas.

Pero cuando momentos después escucho a Pau diciendo (más o menos ahora, a las 20:17) eso de “me encantaría regresar a aquel momento en que se bailaba y cantaba en los cementerios”, me acuerdo del 20 de noviembre de 2008, o del 30 de diciembre de 2013, y dejo de reír. Y cuando Guadalupe, por boca de Pau, lamenta no haber compartido con su padre cuestiones íntimas y no haber hablado más de sus sueños, lloro por dentro (y por fuera también, siempre) porque ya no podré hacerlo más, ni con mi padre, al que tanto recuerdo, ni ahora tampoco con mi madre, a la que todavía no me ha dado tiempo a empezar a recordar.

Recordar. Qué importantes son los recuerdos. En el Café Gijón de Madrid, uno de mis rincones preferidos del universo, hay una inscripción que dice “El tiempo es el espacio entre los recuerdos”, y así es. Estamos hechos de ellos. Mis hermanos y yo acordamos poner en la lápida conjunta que protege ahora la intimidad de mis padres una inscripción que dice “Permanecéis en nuestro recuerdo” y ahí es donde están mis padres ahora: en el lugar de la mente donde se guardan las cosas importantes de verdad. En la Memoria.

Hoy, Guadalupe, Pau, Sandra y – sobre todo – mi amiga Raquel me habrían hecho recordar. Quizá me habrían ayudado a poder empezar a recordar a mi madre, pero hoy no me he atrevido. Es pronto. La próxima vez que representen “Para que no te me olvides” quiero estar ahí, con Sole y, si ellos quieren, con mis tres hermanos, para empezar a recordar a mi madre y para recordar, con más intensidad aún, a mi padre.

Y también quiero que vayáis vosotros, todos los que leéis esto. No os lo podéis perder. Os hará sentir, os hará recordar y os hará vibrar, y demostrará que ni IVAs ni Montoros ni Werts podrán acabar jamás con la Cultura cuando es tan de verdad. Los que vivís en Valencia lo tenéis fácil y los que vivís fuera lo tendréis, porque los de Lupa Teatre son tan buenos que representarán la obra en todos los sitios donde vivís. Tarde o temprano lo harán.

Os gustará. Seguro (y después comeréis buena tortilla – yo sé lo que me digo ;-)). Os hará recordar. Por encima de todo, os conmoverá. Seguro. Por favor, no os lo perdáis. Hacedme caso. Recordadlo. Recordad.

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8 thoughts on “Para que no te me olvides

  1. Debe ser magia o algo parecido…No has estado hoy y, sin embargo, estabas. No te he abrazado al salir y, sin embargo, siento en mi plexo solar tu emoción y la mía. Debe ser magia haber estado ahí sin estar. Regresaba a casa hace un rato (después de descargar en el local) y hablaba en voz alta en el coche sobre lo afortunada que me siento de trabajar con/para la emoción y me animaba a seguir “trabajándome” la concentración para conectar desde mi SER todas esas emociones. Conectarlas y compartirlas. La mayor recompensa en el arte dramático, para mí, es lograr hacer vibrar. Si, además, un amigo vibra (por arte- también- de magia) desde su casa mientras iniciamos nuestro viaje, entonces es una fortuna. Gracias por todo lo que regalas, Chema. También eres una recompensa en mi vida.
    (Raquel)

  2. Mi estimado y muy querido Chema, como poder olvidar a una persona que escribe como vos, quizas no es personal lo que escribiste, pero yo lo tomo asi y a la distancia me permito decirte, como siempre le decia a mi querida Sole, que soy la abuela postiza de Bs,As. Estan siempre en mi memoria y quiero a traves tuyo, decirle a Sole y Palomita que me siento muy feliz que te tengan a su lado. Cuidalas mucho. Tengo una amiga que perdio a su madre hace cuatro meses y le mande por correo esa frase que escribiste “El tiempo es el espacio entre los recuerdos” y como diria mi querida Sole” no hay que ser socios en el dolor”, sino acompañar desde el lugar en que uno puede,con amor, ternura y compresion y creo que las palabras escritas desde el alma sirven.Los amo!

  3. Mis seres queridos , ya si los recuerdo. Tanto tiempo hace que se marcharon que la presencia cedió el paso a los recuerdos. A veces siguen doliendo, otras son más llevaderos. Vivimos en armonía.

  4. Recordar es volver a pasar por el corazón. Aunque duela… qué bien saber que hay cosas (personas…) que podemos pasar y volver a pasar, no por nuestra mente sino por nuestro corazón…y seguir sientiendo (-les). Besotes, Chema. estás en mi corazón.

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