Queda la música

¡Muy buenas a todos/as!

El sábado pasado sufrí (mejor: disfruté) una alucinación: me pareció que estaba en un concierto de Sabina pero no era cierto. Era un concierto, sí, pero no estaba Joaquinito. Los músicos cantaban y tocaban “Y nos dieron las diez“, “A la orilla de la chimenea“, “Princesa” o “Peces de ciudad” y nosotros hacíamos los coros, pero de Sabina ni rastro. Todos saltábamos coreando “Mucha, mucha policía”, pero el autor de “Pacto entre caballeros” debía estar seduciendo tequilas en otra parte.

Era una alucinación… pero solo a medias. Mezclados con el público, SoleRocío, Nolo, Borja, algunos otros amigos y yo participábamos en una de las llamadas “Noches sabineras“, en las que Panchito Varona y Antonio García de Diego (músicos habituales y compañeros de madrugadas de Sabina) tocan y cantan algunas de las canciones del andaluz (andaluz, sí, porque Sabina es de Madriz, provincia de Úbeda :-)). Suelen hacerlo en salas pequeñas delante de no más de 100 personas.

noche_sabineraEl sábado, en la sala Matisse de Valencia, yo tenía una extraña sensación: Sabina flotaba en el ambiente, pero no estaba. Teníamos su alma pero no su carne y Panchito hablaba de él como quien habla de un mito que ya no está (como el que cuenta una anécdota del Che en Cuba o relata una escena de Borges y Sábato en el Tortoni). Pensé entonces que, aunque sigue vivo, a Sabina no le deben quedar muchos años de conciertos (a sus cincuenta y quince ya anda algo viejuno…) y que, cuando no esté, al menos nos quedarán estas noches sabinescas para añorarle en directo. Mientras el cuerpo les aguante a Panchito y a Antoñito, claro…

Pensé entonces en que estoy en una edad en la que mis referentes musicales se van retirando de la escena. Hace pocos años fui a un concierto de Silvio Rodríguez en el que anunció que se retiraba de los escenarios. Eso quiere decir que, después de toda una vida escuchándole, no podré volver a hacerlo en directo. Lluis Llach también se ha retirado, con la diferencia de que él lo anunció con antelación y todos lo sabíamos. Al enterarme, saqué entradas para cuatro conciertos de su última gira (Madrid, Valencia, Tordera y Verges) y me empaché de Llach para llorar su ausencia con los oídos llenos (¿que soy un friki? A ver… si os dijesen que en un mes se va a terminar todo el chocolate del universo, ¿no lo comeríais hasta hartaros? :-P). El concierto de Verges (su pueblo) fue el más especial al que he asistido: fue el último de su vida y, al terminar, se mezcló con el público como uno más. Tuve el ultra-mega-súper-privilegio de estar allí y nunca lo olvidaré. Confieso que Sole y yo nos pasamos el concierto llorando a moco tendido.

Algunos se retiran, otros hacen algo peor: se mueren. Mercedes Sosa, por ejemplo, se me murió antes de que pudiese verla cantar en directo, algo que nunca me (y le) perdonaré. Tampoco pude ver cantar a Labordeta en directo, y tampoco me lo perdonaré, jodó. Con Moustaki casi me pasa, pero afortunadamente pude escucharle en vivo pocos años antes de morir.

Luego están los que siguen vivos y activos pero a lo peor no les queda mucha cuerda. Con Leonard Cohen o con Leon Gieco me puede pasar lo mismo que con La Negra si me descuido, pero con Bob Dylan me puedo quedar tranquilo (aunque el único concierto suyo al que asistí me dejase frío: no abandoné la Iglesia Dylaniana pero dejé de ir a misa diaria).

Y luego están aquellos por los que nunca hay que preocuparse: son inmortales. Springsteen, por ejemplo: le he gritado brincando desde la segunda fila cual gruppie exaltado muchas veces (desde aquel lejano 1988 en el Calderón hasta el más reciente de Valencia) y espero seguir haciéndolo 50 años más por lo menos.

Sea como sea, es muy probable que, por una cuestión de edad, yo sobreviva a todos los citados y a otros (¡hola, Joan Manuel!) que igualmente han escrito con ellos la banda sonora de mi vida hasta hoy. Como dice Aute (otro más), “queda la música” pero sin ellos presentes, sin sus voces en vivo, se disfruta mucho pero es más difícil vibrar porque eso se hace en los conciertos: a pie de escenario en una plaza de toros o sentados en una mesita en un Café musical.

El sábado, al salir del concierto y mientras Sole, Rocío y yo buscábamos un sitio para tomar la última, pensé dos cosas. La primera, que quiero volver a ver a Sabina en directo antes de que se dé el piro y quiero que sea en Madrid, para cerrar el ciclo que comenzó el 6 de septiembre de 1986 en la Plaza de Las Ventas (¡estuve allí, tronco!). La segunda, que quiero ir más a Madrid, a ver a Sabina (y a Krahe) y a muchas otras cosas. Y es que yo también soy de Madriz, provincia de Valencia… 🙂

Y cuando dentro de muuuuuchos años Sabina, Krahe, Leon, Cohen, el Boss, Dylan y Panchito anden por ahí arriba tomando Cariñenas con Labordeta, mate con la Negra y vino blanco con Moustaki mientras todos cantan por celestiales, por aquí abajo seguiremos disfrutando con su música. Y también vibrando en los conciertos porque siempre nos quedará Drexler. Y también Guille Dinnbier 🙂

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5 thoughts on “Queda la música

  1. Aaaaaayyy! Que viejos nos estamos poniendo, todos, musicos y espectadores!!!
    Y en turecuento de quienes abandonan los escenarios y los que quedan, el balance resulto tan desigual, que solo me sale:
    Ay, pena, penita, pena!!

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