Cerillero y anarquista

Hay veces en que uno está harto del trabajo. Si tienes la suerte de tenerlo, claro. Yo tengo esa suerte y mi trabajo me apasiona, pero a veces me harto de él. En ocasiones es porque tomo distancia y encuentro absurdo pasarme toda mi vida adulta preocupadísimo por entender los mecanismos por los cuales unas bolitas cargadas de electricidad atraviesan las membranas de las células del corazón y provocan su contracción rítmica. Sí, son muy importantes y gracias a la investigación (entre otras cosas) mi vida está llena de cosas buenas, pero también es cierto que detrás de esas bolitas hay mucha vida que me estoy perdiendo (escribir más, por ejemplo, y también otras cosas esenciales). En otras ocasiones, mi hartazgo está más relacionado con los humanos que portamos esas bolitas y con su (nuestro) comportamiento, pero de esto no quiero hablar aquí, así que mejor dejémoslo.

Cuando me harto, fantaseo con tener un trabajo rutinario, uno de esos laburos que te dejan tiempo libre para dedicarte a otras cosas porque no mantienen ocupada tu cabeza las 24 horas del día (sí, las 24: a veces sueño con esas bolitas…). Fantaseo con un trabajo sin responsabilidades, sin agobios, que tenga horario de 8 a 3 y que después te permita olvidarte de él hasta el día siguiente. Me encantaría que desde las 3 hasta las… tantas no hubiese trabajo, solo placer: el placer de pasear, de estar con una mujer (de pie, sentado o tumbado…), de leer, de escribir, de escuchar música, de bailar y de emborracharte de vino y de risa. Tentador, ¿verdad? El problema (o la dicha) es que en pocas horas esa fantasía se me pasa: por algo elegí un trabajo estresante en el que tienes que poner los cinco sentidos 16 horas al día. No fue por casualidad ni porque me obligaran, sino porque pensé que la investigación y la docencia me apasionarían y acerté, a pesar de su coste mental (¡y de que nunca me haré rico!). Quizá también es que mi neurosis obsesiva no soportaría un trabajo más relajado.

No, no creo que un trabajo rutinario fuese bueno para mí… a no ser que se tratase de ser el cerillero del Café Gijón de Madrid. Sí, como lo leéis: me encantaría ser cerillero del Gijón. El puesto está vacante desde que Alfonso, que lo ocupó durante más de tres décadas, murió en 2006. Alfonso… ¿Alfonso qué? Ni idea. Era Alfonso, sin más. “Hola, Alfonso“, “Buenas“. “¿Qué tal, Alfonso?“, “Aquí andamos“. Por supuesto él nunca me llamaba por mi nombre porque no sabía cuál era aunque, a decir verdad, no me extrañaría que supiese que me llamo Chema porque a él, espectador mudo de ese trasiego de almas que es el Café Gijón, nada se le escapaba.

gijon2Era amigo de todos, pero sobre todo de los escritores en prosa y en verso, de los actores y actrices, de los artistas y de la fauna cultural en general que puebla algunas mesas del Café, esas que hay junto a las ventanas que dan al Paseo de Recoletos en las que el cartelito de “Reservado” te recuerda, por si lo habías olvidado, que esas sillas no son para ti sino para que Arturo Pérez-Reverte, Álvaro de Luna, Javier Villán, Manuel Aleixandre (cuando vivía), Mari Paz Pondal o Juan Madrid se sienten en ellas para divagar sobre lo divino y lo humano en las tertulias de poetas del Gijón.

Alfonso era el alma del Café. A cualquier hora de la tarde entrabas y le encontrabas ahí, a la derecha, en silencio, con su chaquetilla azul, observándolo todo, sentado en su taburete frente a su kiosquito donde igual podías comprar un paquete de Ducados que una caja de cerillas o un décimo de lotería. Además de vender, también prestaba: dicen que en los duros años 60 prestaba dinero a los aspirantes a escritor que no tenían ni para editar su primer libro ni para tomar su primer café del día.

gijon3Alfonso callaba, observaba, escuchaba, saludaba, sonreía socarrón, asentía con la mirada, dormitaba. Disfrutaba (me gusta imaginarle disfrutando) de ser espectador silencioso de las vidas de los personajes del Gijón. Observó a tanta gente durante tantos años desde una atalaya tan privilegiada que bien podría decirse que Alfonso era la memoria bohemia de Madrid. Muchas veces, cuando me citaba con Ana, Cecilia o María en el Gijón un sábado por la tarde cualquiera, llegaba antes solo para poder sentarme en una mesa y observarle. Lo que más me gustaba de él era su habilidad para darle la vuelta a la tortilla: aunque podía parecer que se limitaba a observar la vida, en realidad supo convertirse en un personaje al que todos observábamos.

No puedo entender que no aparezca en La Colmena de Cela (en la peli de Camus, quiero deir, que se rodó cuando Alfonso ya estaba allí) o en una canción de Sabina: dos olvidos imperdonables. No se olvidaron de él, eso sí, sus amigos del Gijón: le dedicaron una placa que hoy luce junto a un cuadro de su cara guasona en el kiosquito que, desde 2006, no tiene dueño. “AQUÍ VENDIÓ TABACO Y VIO PASAR LA VIDA ALFONSO, CERILLERO Y ANARQUISTA“, dice la placa que firman “SUS AMIGOS DEL CAFÉ GIJÓN“, con Pérez-Reverte (autor de la frase) a la cabeza.

Yo no quiero ver pasar la vida, sino pasar activamente por ella. Sin embargo, a veces me gustaría hacerlo como lo hacía Alfonso. Observando en silencio y guardando en mi memoria las conversaciones, los andares, las miradas, los besos, las broncas, los gestos, las sonrisas, las caricias, las lágrimas, las palabras y los silencios de los habitantes del Café Gijón (¡son tantos!), para después volver a casa y escribir sobre ellos. Además, todavía me sobraría tiempo para disfrutar de mi pareja (de pie, sentados o tumbados) y de la vida quizá más de lo que lo hago ahora.

Sí, a veces envidio a Alfonso. Quiero ser cerillero y quiero ser anarquista.

Sí, a veces odio las bolitas de sodio, potasio y calcio. Aunque me apasionen.

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3 thoughts on “Cerillero y anarquista

  1. Muchas gracias Chema por hablarme del Gijón, aunque se me ha hecho un nudo en la garganta porque para mí el Gijon son dos cosas: tú, y mi padre, que formó parte de las tertulias desde los años 60. Todos los martes y los jueves por la tarde, a la salida de la oficina se iba de tertulia al Gijón y luego, cuando surgía, a cenar al Comunista.

    El café Gijón, Alfonso (mira que fóto tan buena!)
    http://newerrantumlumen.blogspot.fr/2012/10/literati-alfonso-gonzalez-pintor.html
    y tantos otros personajes que rondaban por ahí, a cual más original, han sido parte integral de mi infancia. Ahi hacíamos las celebraciones familiares (en el piso de abajo), y hasta pasamos unas vacaciones (en Torremolinos!) con Pepe, uno de los dueños.

    Cuando se murió mi padre apareció en el tanatorio, de repente, una representación de los tertulianos del Gijón a decirle adiós. A las 11 de la noche, cuando ya no quedaba nadie, no podía ser de otra manera (siempre fueron todos una panda de crápulas). Fué muy bonito. Y nos invitaron a Laura y a mi a la próxima tertulia. Al jueves siguiente fuí (con Amanda, sin Laura – acabamos en el comunista con un pedo del siete!). No he vuelto a ir. Prométeme que cuando coincidamos en Madrid la próxima vez, vamos juntos. Porque el Café Gijón para mí sois tú y mi padre.

    • Ana, ahora soy yo el que tengo un nudo en la garganta… Siempre que voy al Gijón pienso en tu padre. Siempre. Solo una vez estuve allí con él, y fue una tarde en que fui con Laura al Gijón y él (que en ese momento era mi suegro, ni más ni menos :-P) estaba con sus amigos crápulas. Me los presentó y si hiciese memoria recordaría de qué hablamos. Lo que sí recuerdo es que la conversación era muy, muy divertida.

      El día que fueron a decir adios a tu padre al tanatorio también lo recuerdo bien, porque yo estaba durmiendo ese día en el sofá de tu casa de Atocha. Recuerdo, sí, que llegaste muy tarde :-).

      Te prometo que la próxima vez que nos veamos en nuestro pueblo iré contigo al Gijón. ¡Claro que sí! No sabes las ganas que tengo. Últimamente he ido bastante pero casi siempre solo, y para mí el Gijón también eres tú y aquellos años 90 que fueron tan especiales.

  2. No he estado en el café Gijón, pero lo he apuntado en mi lista para mi proximo paseo por Madrid. Pues eres un “guia de turismo de aquéllos Chema! Tu texto de hoy me lleva a pensar que solo has visto de Alfonso lo que de pública tuvo su cara, su expresión, su estar. ¿Cómo sabes que él no “disfrutaba” también de pensamientos parecidos a los tuyos pero en sentido inverso? Y ¡bingo! A ambos les pudo haber escocido el cerebro y el corazón, de deseos encontrados. Pero es que es asi, los deseos, no te preguntan nada. A veces estas muy con ellos y otras, bueno… otras te duelen en algun lugar de esos en los que nadie te ve. Y ten cuidado con lo que deseas y sueñas porque a veces estos y aquéllos, se materializan en ti.

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