Cafés de Buenos Aires

En el mundo existen, sí, los túneles tetradimensionales. Me refiero a esos cuya existencia predice la ciencia (imaginemos) y que conectan dos lugares específicos del planeta entre los que puedes viajar instantáneamente en el tiempo y en el espacio. Te colocas en uno de ellos, cierras los ojos, y apareces en otro lugar distante miles de kilómetros en el espacio y quizá decenas de años en el tiempo. Funcionan porque los dos lugares que comunica el túnel tienen en común algo que va más allá de los simples objetos que contienen: forman parte de un único espíritu. En realidad forman un universo propio contenido (y escondido) en el universo visible.

Los extremos de esos túneles mágicos son los Cafés. Los Cafés, así, con mayúscula. Los Cafés que pueblan algunas ciudades del mundo y que son algo así como los lunares de sus espaldas.

He viajado a través de esos túneles más de una vez. En una ocasión me senté en una mesa del Café Gijón de Madrid; cerré los ojos y al abrirlos me encontré sentado en el Café Tortoni de Buenos Aires, en 1926. En la mesa de al lado estaban Alfonsina Storni – imaginando poesía – y Quinquela Martín – imaginando estampas de la Boca – inaugurando la “Peña del Tortoni”. En otra, más alejada, estaba Gardel, imaginando letras de tangos imaginados por Lepera, que ese día no estaba en el Café.

También imaginando tangos, pero sobre papel pautado y con pluma de avestruz, encontré una vez a Homero Manzi en el Café San Juan y Boedo. Fue en (su) 1948 cuando, viajando desde (mi) 2002, desperté en ese Café porteño después de cerrar los ojos en el Café Comercial de Madrid. Manzi escribía “Malena” y, a cada verso y cada compás que salía de su pluma, un compadrito y una mujer de piernas interminables lo bailaban sobre el pequeño escenario. La letra, la música y el baile se parían a la vez. Así son de mágicos los Cafés y la música: puedes cerrar los ojos escuchando jazz y abrirlos al instante siguiente escuchando tango.

En otra ocasión, estando en el Centrál Kávéház de Budapest, cerré los ojos y me vi sentado en La Biela, en el coqueto barrio de Recoleta, en Buenos Aires, sentado junto a Schneider, Nacho Izaguirre y otros dos personajes de Sábato a los que no pude reconocer. Otro día de otro año aparecí súbitamente en el Café Dorrego, en el corazón de Santelmo, en… sí, en Buenos Aires. Había salido del Café de Flore, en el Boulevard Saint-Germain parisino, cerrando los ojos (como siempre), y me encontré sentado en una mesa de madera del Dorrego al lado de Borges y Sábato que se reconciliaban después de años de no hablarse. Era 1975.

Muchos de estos túneles espacio-temporales empiezan en Madrid, en Budapest o en París. También en Donosti, en Viena, en Roma, en Salzburgo o en Tánger.

Pero todos acaban en el mismo sitio: en Buenos Aires.

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4 thoughts on “Cafés de Buenos Aires

  1. Chicos! Os habéis dejado abierto el túnel cuatridimensional, en la mesa del café Tortoni y se va a liar una buena mandanga, fijaros en el espejo…. El viaje en el tiempo solo debería estar permitido a la gente con alma cafetera, pero como dicen que los madrileños no cierran nunca la puerta agarrémonos. 🙂

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