Ciudades

¡Muy buenas! Al contrario que la semana pasada, hoy sí quiero escribir sobre ciudades y no sobre rajoyes. Dentro de muy poco tiempo, gracias a una carambola a cinco bandas (y a la esfericidad de la Tierra ;-)), voy a poder disfrutar del placer de recorrer, una vez más, el inmenso triángulo de más de 10,000 Km de lado que forman las tres ciudades del mundo que más significan para mí. No son las únicas: las ciudades – así, en abstracto – y algunas ciudades – en concreto – no son para mí solo moles de hormigón y asfalto sino que son seres vivos con alma propia. La comunión con una ciudad siempre ha sido para mí un sentimiento muy profundo. Nací y crecí en una gran urbe y nunca he podido (ni querido) desprenderme del sentimiento urbanita. Quizá por ello a lo largo de mi vida me he enamorado de algunas ciudades. Pero enamorado de verdad y hasta las trancas. Apasionadamente, como se enamoran un hombre y una mujer (o una mujer y otra mujer, o un hombre y otro hombre), aunque con otro lenguaje.

Para enamorarse de una ciudad, como ocurre con las personas, hace falta tiempo, conocimiento mutuo, tranquilidad. Hay que citarse varias veces. Hay que descubrir y dejarse descubrir poco a poco. Con mimo. Dejando que todo fluya y alimentando la complicidad. Un día, te das cuenta de que ya ha surgido algo. En el caso de las ciudades, ese día es aquél en el que tus pasos te llevan a cualquier lugar sin importarte dónde. Sin mapa. El día que dejas el mapa, o no lo sacas del bolsillo y no te acuerdas de él en cuatro, cinco, seis horas de paseo, es que la ciudad y tú empezáis a ser compañeros por encima de la voz o de la seña (que diría Gil de Biedma). Da un poco de vértigo: la primera ocasión en que te lanzas a las calles de una gran ciudad sin mapa es como cuando de pequeño te soltaste del bordillo de la piscina para nadar solo y sin flotador por primera vez, o como cuando después de varios días preparándote tu padre soltó la bicicleta y recorriste tus primeros metros sin apoyo. ¿Me ahogaré? ¿Me caeré?, decías entonces; ¿me perderé?, piensas ahora. Y entonces te pierdes y luego reencuentras el camino y te das cuenta de que algo está fluyendo entre las calles y tú.

Cuando eso pasa, ya da igual a dónde vayas. No vas a un museo ni a un monumento ni a un restaurante: vas donde te guía la mano invisible de la ciudad. Tu deseo y el suyo se funden en uno solo. Caminas, te paras, andas, giras a la izquierda, te sientas en un banco a ver a la gente pasar, te levantas y sigues caminando, entras en un Café, sales y sigues calle arriba, te sientas en el césped de un parque, vuelves sobre tus pasos y luego los dejas atrás. Las horas pasan, silenciosas, y no existe el tiempo.

A mí eso me pasa en las ciudades, nunca en los pueblos. Quizá por eso, en Budapest (ciudad-amante que frecuenté cuando vivía en Szeged, 300 km más al sur) me pasó algo curioso: solo me enamoré de Pest. Sabréis muchos e vosotros que Budapest es el resultado de la unión de dos ciudades – Buda y Pest – separadas solo por el Danubio. Se unieron para siempre a mediados del siglo XIX, pero tienen caracteres muy contrapuestos. Buda es montañosa, pueblerina y tiene calles estrechas y empedradas. Pest es llana, sobria, elegante, clásica a la vez que moderna, encantadora, urbana… y es preciosa. Tiene alma y rezuma color, música y cierta calmada y tranquila solemnidad.

Es curioso esto de enamorarse solo de una mitad: se puede hacer con las ciudades pero difícilmente con las personas. Se me ocurre que podría hacerse con alguien que tiene un ojo de cada color. Elena Anaya, por ejemplo. A mí me pasó: la conocí brevemente en una fiesta la noche de la entrega de los premios Goya de 2006 y me enamoré, pero lo hice de sus dos mitades. Lo del amor asimétrico podría pasarte también con Luz Acaso, la protagonista de “Dos mujeres en Praga” (otra vez las ciudades) del genial Juanjo Millás, que decidió ignorar la parte derecha de su cuerpo y vivir solo el lado izquierdo de la vida.

Hay otras ciudades, no tan fácilmente divisibles como Buda-Pest, de las que me he enamorado en su integridad. No es que conozca todas sus calles, pero para qué vas a complicarte la vida: te enamoras de toda ella por extensión. Así me enamoré de Buenos Aires, allá por el año 2002, cuando ya llevaba años enamorado de Londres. Después, y siempre ejerciendo la poligamia, me hice amante de París un día de principios de otoño de 2005 en mi tercera cita. Atenas se resistió hasta 2006, y el DF mexicano empezó a entrarme en 2008 (costó: las primeras veces no me cayó del todo bien…) cuando descubrí, donde termina su espalda, el barrio de Coyoacán. Más al norte, Nueva York y yo llevamos follando desde 1995, que yo recuerde. Con Montreal tengo un buen rollo impresionante cada vez que voy, y quién sabe… Hace muchos años que tengo con Donosti amistad con derecho a roce, Santiago de Chile y yo – aunque nos vemos muy poco – somos follamigos con muchísima complicidad desde 1998 y mi affaire con Barcelona data del último año del siglo pasado. Mi pasión por Madrid es la más antigua de todas: perdí la virginidad con ella. Nuestro amor nació cuando correteaba de niño por las calles de mi barrio, Chamberí. Nos besamos a las catorce, y empezamos a hacer cosas inconfesables a los diecinueve…

Hay otras ciudades esperando para enamorarme y enamorarse: solo nos falta conocernos un poco más. Tánger, sin ir más lejos (está ahí al lado), me encantó. El Cairo me impresionó. Lisboa me cautivó. Bangkok me fascinó. Yogyakarta me atrajo mucho, y mucho más que Yakarta(aunque a María no le guste…). Con San Francisco y con Cuzco (tan diferentes ellas) tuve flechazos tales que tenemos que volver a vernos como sea, y con Bogotá, Managua, Santo Domingo o Cracovia tuve un coitus interruptus. No sigo porque me dejaré alguna y luego me lo reprochará…

Hacer el amor con una ciudad es caminarla sin descanso, desvestirla es recorrer sus aceras deteniéndose en todas las plazas, entrando en todas las callejuelas, contando en el camino todos los lunares – los Cafés – de su espalda. Acariciarla es recorrerla de día y de noche; dejarte la vida en sus rincones, como diría Sabina. A veces acompañado, a veces solo. Os confieso que en esto del sexo ciudadano tengo una perversión: a veces me gusta hacerme esclavo de los caprichos de un escritor. Sentí un placer inmenso y tuve múltiples orgasmos cuando recorrí Buenos Aires durante varios días en 2002 y en 2007 cautivo de los pasos de Juan Pablo Castel, el pintor protagonista de “El Túnel” del maestro Sábato. Si él caminaba hasta el Parque Lezama, allí iba yo y me sentaba en un banco a seguir leyendo con un ojo y a espiarle mientras se declaraba a María Iribarne con el otro. Si unos días más tarde paseaba por Plaza San Martín, yo le seguía, con mi libro abierto por la página que él habitaba ese día, y bajaba con él hasta la estación de Retiro y me confundía, como él, con los viajeros. Al otro día sus pasos me guiaban hasta un portal de San Telmo, o tomaba con él un café en La Biela, cerca del cementerio de Recoleta.

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Plaza de Mayo, Buenos Aires, Agosto de 2010

Unos años después practiqué una perversión semejante con Quinn – el protagonista de “Ciudad de Cristal”, de Paul Auster – en Nueva York. Mientras el detective seguía a Stillman por Riverside Drive o por la West End Avenue, o mientras los dos caminaban separados por apenas unos pasos por Broadway o por la Sexta Avenida, yo caminaba con ellos. Andaba y leía casi a la vez, procurando mantener el equilibrio. Me perdía, siguiéndoles, en Central Park; me tropezaba, tratando de no perderlos de vista, con los apurados viajeros que atravesaban el inmenso vestíbulo de la Grand Central Station en la hora punta de Manhattan. Comía con ellos en un bistrot de la calle 46 y no dormía con ellos en el Hotel Harmony de la calle 99 porque ese hotel no existe más que en la imaginación de Auster…

Quinta Avenida, Nueva York

Quinta Avenida, Nueva York, Junio de 2011

En fin, perversiones que tiene uno. Probablemente detrás de esta afición mía se ocultará la secreta esperanza de sentir la ciudad como la sintieron ellos, y no me refiero a Castel o a Quinn, que son ficción, sino a Sábato y Auster, que un día recorrieron esas calles dando vida a sus personajes con cada paso. Con Madrid podría hacer lo mismo con algún personaje de Muñoz Molina o de Millás, o con versos de Sabina guiando mis pasos, pero en esas calles prefiero hacerlo guiado por mis propios recuerdos y deseos.

Estos días, en mis paseos por mis tres ciudades-amante, prescindiré de Sabina, de Auster y de Sábato. Compartiré mis amores de asfalto y ruido con mi amor de carne y Sol: ¿para qué quiero más? Nos guiará nuestro propio deseo y a ratos también, pero solo a ratos, la mano invisible de la ciudad. Seguro.

Esquina calle Alcalá y Gran Vía, Madrid

Esquina calle Alcalá y Gran Vía, Madrid, Agosto de 2011

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6 thoughts on “Ciudades

  1. Chema, para el amor solo se necesita ser de carne y hueso, sanguíneo y espectante. Y si, como cuando te enamoras, lento y paso a paso, el amor es AMOR. Yo, que en el centro vital de mi cuerpo, soy pueblerina, me he enamorado de pueblos pequeños como Cafayate en Salta, como El Bolsón en Rio Negro y Purmamarca en Jujuy. Me enamora ese dialogo que se logra, con sus calles, sus cielos, su gente, su olor, su lento transcurrir. Por otra parte, me he enamorado también de ciudades que para mi son hermosas: Salta en Argentina, Paris en Francia, Amnsterdam en Holanda y Barcelona en España. Como todo lo que nos enamora deseo volver y caminarlas sin rumbo. Elijo libros que transcurren alli. Los vivo y cuando vuelvo a las ciudades, bueh, eso es amor paso a paso. Abrazos Chema y si, por Buenos Aires se te espera. Hasta pronto.

  2. Hago mías cada una de tus palabras, Chema, porque me pasa lo mismo con las ciudades.
    Esta canción que te dejo es, en realidad, una gran poesía de Borges, pero musicalizada por Jairo y cantada por Adriana Nano es de una belleza excepcional. Eso somos Buenos Aires y yo:

    (Mensaje para tu Sol: “no pases mucho tiempo…” y quiero 40 fotos 😉 )
    ¡Buen viaje!

  3. Hola soy Valencia, tu mujer. Siempre he sabido que me eras infiel, pero nunca pensé que no me amabas. Te compartía feliz y callada porque te veía feliz y porque siempre volvías a casa … creía que te compartía … ¿nunca me has amado?

    😉

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