Conversación entre Videla y Pinochet en el infierno

Ayer murió Jorge Rafael Videla, militar y dictador, presidente de facto de Argentina entre 1976 y 1981 después de perpetrar un golpe de estado militar. Durante la dictadura, el gobierno de Videla secuestró, torturó y ejecutó clandestinamente a miles de personas que luego serían denominadas «los desaparecidos».

Hace unas horas, en el infierno, las cámaras de seguridad captaron esta conversación entre Videla y Augusto Pinochet, también militar y dictador, también presidente de facto (de Chile, ente 1973 y 1990), también después de perpetrar un golpe de estado militar. Durante su dictadura, su gobierno también secuestró, torturó y ejecutó clandestinamente a miles de personas.

Como se puede ver, los dos asesinos tienen bastante de qué hablar.

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(Texto basado en citas reales de Videla y Pinochet)

– Ese ridículo bigote y esas gafas… ¿no será usted el General Pinochet?

– ¿Tanto le ha costado reconocerme? ¿Tanto cambié acá? Su bigotillo sí es ridículo, Videla.

– ¿Dónde estamos?

– En el infierno, Videla, en el inferno…

– ¡No puede ser! ¿Cómo en el infierno? Mi relación con la Iglesia siempre fue excelente, durante mi gobierno siempre mantuvimos una relación muy cordial, sincera y abierta. Incluso teníamos capellanes castrenses asistiéndonos y nunca se rompió esta relación de colaboración y amistad. ¿Cómo voy a estar en el infierno?

– Soy yo el que no debería estar aquí. Yo obtengo mi fuerza de Dios. Soy católico, apostólico y romano, pero no ingenuo. Pero qué se yo, Videla. Estará usted aquí por toda la gente que mató…

– No diga boludeces. Queríamos garantizar la Paz en toda la República Argentina y para ello acabamos con la subversión no más. Pero no fueron asesinatos sino desapariciones. Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos. Están desaparecidos. Y usted, ¿no mató a nadie usted? ¡Me va a decir que usted respetó los derechos humanos!

– Los derechos humanos son una invención muy sabia de los marxistas. Un cuentito. Yo no conozco eso de los derechos humanos.

– Pues murió usted el día en que se celebran, General…

– Pero yo morí en mi cama, Videla, y siendo senador vitalicio. No como usted que se pudrió en la cárcel.

– Me juzgaron unos tribunales a los que no reconozco. Fueron todos juicios políticos, como parte de una venganza, de una revancha, como parte de un castigo colectivo con que se quiso castigar a todas las Fuerzas Armadas. ¿Que violamos los derechos humanos? Nada de eso: los argentinos somos derechos y humanos. ¿Y usted de qué me habla? ¡Tampoco se libró! ¡Si fue tan pelotudo como para dejarse detener por el marxista ese de Garzón!

– ¿Se refiere a lo de Londres? Bah, fue solo por unos meses. Hablé con mi querida Margaret Thatcher (con la que ahora tomo el te todas las tardes aquí, en el infierno) y le dije: dígales a mis amigos que me saquen de aquí. Y me sacaron. Total, yo no hice nada malo. Lo mío en Chile no fue nunca una dictadura, fue una dictablanda.

– En eso tiene razón, General. Los zurditos chilenos y argentinos eran terroristas. Un terrorista no es sólo alguien con un revólver o una bomba, sino también aquél que propaga ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana.

– Así es, Videla. A mí me decían que no dialogaba. Yo les decía que el diálogo es un juego que tienen los comunistas. A mí no me interesa. Yo solo quería lo mejor para mi patria. Restablecí el orden y cuidé a los ricos, eso sí. A los ricos hay que cuidarlos para que den más.

– Lo mismo hice yo. Los miembros de la Junta Militar deberíamos ser glorificados por las generaciones futuras, como me dijo una vez Monseñor Bonamín.

– Claro, Videla. ¿Pedir perdón? Que lo pidan ellos, los marxistas.

– Me alegro de verle, Pinochet. Estoy dispuesto a olvidar que usted ayudó a los ingleses hijos de puta en 1982 en la guerra de las Malvinas.

– Y yo que casi me monta usted una guerra en 1978 por tres islitas de nada en el canal de Beagle.

– Pero dígame, ¿no habrá subversivos acá, en el infierno?

– Tranquilo, en este lugar no se mueve una hoja sin que yo lo sepa. Y saben que yo no acostumbro a amenazar. Sólo advierto una vez. El día que me toquen a alguno de mis hombres acá se acabó el estado de derecho en el infierno y doy un golpe de estado como el del 73.

– Pero no podemos, General. Acá no tenemos armas. No tenemos ejército. No podemos amenazarles, no podemos “desaparecerles”…

– Tiene razón, Videla. Hace mucho calor, además.

– Sí, y el sitio es incómodo, la puta madre. Sin lujos. Menos mal que tenemos plata. Usted y yo acumulamos mucha guita…

– Acá no sirve, Videla…

– ¿Cuándo saldremos?

– No lo sé. Yo llevo ya seis años. No creo que tardemos mucho en salir.

– ¿Está seguro?

– Espere, le preguntaré a Margaret…

– Por favor, no le diga que estoy acá…

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PD Con el permiso de su autor, dejo aquí para Videla mi regalo en su despedida de la tierra…

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Elegía a un tirano (Rafael Amor)

¿Adónde irás tirano, adónde irás?
tus manos ensangrentadas, ¿dónde las esconderás?
¿Adónde irás tirano, adónde irás?
si el pueblo encuentra tu rastro, sus plantas has de besar.

Te esconderás en las balas, la balas vienen y van,
en la cadena que oprime, la rompe la libertad,
¿dónde empieza la cadena, dónde tiene su final?
¿cuál de los dos desde lejos el prisionero será?

Te esconderás en los niños, a odiar les enseñarás,
no te servirá de nada, también a ti te odiarán.
Te esconderás en las sombras, el sol te delatará
y cuando salgas al sol, serás sombra y te verán.

En el pavor de las madres un refugio buscarás,
el vientre que parió un hijo, puede parir otro más.
Soltarás tus perros flacos, sin aflojar el collar,
cuidado del perro hambriento, muerde y no quiere largar.

Te esconderás en la flor, en el tranquilo trigal,
la flor morirá de pena, el trigo se agitará.
Te descubrirán los hombres al gusto amargo del pan
cuando llevarlo a los hijos les cueste la dignidad.

Querrás escapar de noche, ¿a qué horizonte?
¿dónde ir que no amanezca?, la luz te perseguirá
y con las manos cruzadas, las mismas de tu impiedad
ante los pies de tu pueblo, suplicante caerás.

Sentirás su voz por dentro que te dice:
Tienes manchadas las manos con sangre de libertad,
deshojaste la alegría, torturaste por pensar,
sembraste el odio, la guerra y mataste por matar,
cercenando la belleza que podía emocionar,
traicionaste a tus hermanos a la hora de luchar
por una justa manera de vivir, de trabajar.

Y no sé si el Dios que tanto invocas
te podría cobijar de la furia de los hombres
cansados de soportar la injusticia, la impotencia,
por ser mansos nada más.
Solo los que se liberan, conocen la libertad,
los que han vivido negándola siempre esclavos morirán.
En las calles las sonrisas, la flor nueva y el trigal,
todas las voces del pueblo gritarán una vez más: paz, paz, paz.

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7 thoughts on “Conversación entre Videla y Pinochet en el infierno

  1. Chema! Hay Chema ! estando tan lejos de esta mi Argentina querida, que poderosa , emocionante y tan bien elegido el poema de RAFAEL AMOR.
    Perdonar NO, odiar no hace bien. Como amo cada dia mas a mis hijos, nietos, mi familia, mis amigos!!!!!! AMOR AMOR – PAZ PAZ – LIBERTAD LIBERTAD –

  2. Qué diálogo escalofriante por favor! Me la juego que fue exactamente así. Personajes nefastos… si sólo fuesen unos pocos… me angustia pensar que hay muchos como ellos en todo el mundo. Una vez más, un escrito impecable… un placer leerlo y, más placer aún que VIdela por fin ya no respire… Gracias Chema!!!

  3. Chema, tenes una nueva seguidora… aun sin conocerte… por leerte y emocionarme… por el amor a Sole… porque has despertado pasion en mi madre y admiracion en mi prima… gracias!!!!!!!!!!!!!!! Un cariño grande y hasta pronto.

    • Hola Kari, ¡gracias por pasarte por aquí! Es un placer que me leas y leerte. Digo yo que ya son muchos años oyendo hablar de tí como para que ya toque que nos conozcamos personalmente, ¿no? Y esto también va por tí, Marta. A juzgar por lo que ya conozco de la familia (hola, Mery; hola, Juan ;-)), creo que me vais a caer muy, muy bien… :-). Besos y hasta prontito.

  4. Es muy triste pensar que se murieron convencidos de que hicieron bien. Ni un mínimo asomo de arrepentimiento.
    Videla no se pudrió en la cárcel. Estaba encerrado pero no era igual que otros presos. Ninguno de todos estos que han sido juzgados y apresados vive como los otros presos. Tienen una cama con un colchón cómodo, tienen dónde guardar su ropa, tienen baño privado, ordenador, televisor… etc etc… Como si tuvieran una habitación de lujo en un hotel no muy lujoso.
    Es muy triste.
    Cuando lo escuché en la tele dice que los desaparecidos no están ni vivos ni muertos están desaparecidos, me dieron ganas de vomitar. Me da por pensar aquello que dice Mafalda: “y pensar que en este mismo instante se están desperdiciendo tantas balas en el mundo”. Pero da igual. Ahora está muerto y da igual. Los desaparecidos siguen desaparecidos, la justicia sigue sin ajusticiar.
    Has elegido un muy buen poema. Pero yo te dejo otro de Oliverio Girondo que expresa mejor mi deseo para este y para cualquier otro dictador que se precie de tal:

    Que los ruidos te perforen los dientes,
    como una lima de dentista,
    y la memoria se te llene de herrumbre,
    de olores descompuestos y de palabras rotas.
    Que te crezca, en cada uno de los poros,
    una pata de araña;
    que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
    y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
    al espesor de tu retrato.
    Que al salir a la calle,
    hasta los faroles te corran a patadas;
    que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte
    ante los tachos de basura
    y que todos los habitantes de la ciudad
    te confundan con un madero.
    Que cuando quieras decir: “Mi amor”,
    digas: “Pescado frito”;
    que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
    y que en vez de tirar el cigarrillo,
    seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
    Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
    que al acostarse junto a ti,
    se metamorfosee en sanguijuela,
    y que después de parir un cuervo,
    alumbre una llave inglesa.
    Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
    para que los espejos, al mirarte,
    se suiciden de repugnancia;
    que tu único entretenimiento consista en instalarte
    en la sala de espera de los dentistas,
    disfrazado de cocodrilo,
    y que te enamores, tan locamente,
    de una caja de hierro,
    que no puedas dejar, ni por un solo instante,
    de lamerle la cerradura.

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