Y con la sonrisa, la revolución

Lluís Llach en el ro El 24 de Marzo de 2007, Lluis Llach daba el último concierto de su vida. Fue en Verges, su pueblo. Hacía exactamente 40 años que se había subido por primera vez a un escenario. En 1967 yo no había cumplido un año, pero en 2007 ya tenía algunos más (veintipocos, no creáis…) y pude asistir a su despedida. Sole y yo fuimos dos de los cinco mil afortunados que estuvieron ese día en aquella carpa gigante con decoración minimalista que montó el ayuntamiento de Verges para la ocasión. Los dos empezamos a llorar con los primeros compases de “Geografía” (una de las canciones de amor más bellas que se han escrito nunca) y no dejamos de hacerlo hasta después de estrechar su mano – curtida por miles de acordes y arpegios de piano y de guitarra – cuando, al terminar el concierto, bajó del escenario y se confundió con un público emocionado y lagrimoso (“Hace eso en Argentina y no sale vivo de entre la multitud. ¡Se lo comen!“, me dijo Sole después, asombrada ante lo contenida que era la emoción de la gente).

Seis años después de escuchar su voz en directo por última vez (“lo dejo ahora que todavía puedo cantar“, explicó), no quiero divagar aquí sobre las razones por las que Llach es para mí uno de los músicos más ricos, de los poetas más tiernos, de los cantautores más comprometidos y de los comunicadores de emociones e ideales más conmovedores que he escuchado nunca. Solo diré que, junto con Sabina, Silvio y Springsteen (y últimamente Drexler), ha compuesto la parte más importante de la banda sonora de mi vida. Lo que sí quiero hacer es contar dos historias que tienen que ver con el compromiso y con la ternura, quizá las dos palabras que mejor definen a Llach.

La primera es de 1972. No puede sorprender a nadie que en esa época Llach tuviese problemas continuos con la censura. Tampoco que la inteligencia de Llach superara con creces a la de los censores, a los que esquivaba continuamente disfrazando su denuncia social de preciosas metáforas que, eso sí, tenían un significado muy obvio para todos salvo para el censor de turno. En “Abril 74 “, por ejemplo, hablaba de la Revolución de los Claveles y del regreso de Portugal a la democracia después de 40 años de dictadura (cuando aquí a Franco, ya enfermo y decrépito, no había quién le echara) con versos como estos:

“Compañeros, si sabéis
dónde duerme la luna blanca
decidla que la quiero
pero que no puedo ir a amarla
porque aquí todavía hay combate. […]

Y si un triste azar
me detiene y caigo a tierra
llevad todos mis cantos
y un ramo de flores rojas
a quien tanto he amado…
cuando ganemos el combate”

Pues bien, en 1972 una de las canciones-denuncia de Llach topó con un censor duro de roer (no por inteligente sino por terco). La letra de la canción en este caso no era nada (pero NADA) metafórica:

“¿Dónde vas con las banderas y los aviones y todo el círculo de cañones que apuntas contra mi pueblo?

¿Dónde vas con la vergüenza por galón si en el fusil llevas el miedo con que apuntas a mi pueblo?

¿Dónde vas cuando el niño ya no quiere jugar porque la calle rebosa de sangre y eres tú quien la llena?

¿Dónde vas cuando el niño ya no puede mirar ni el azul del mar ni este cielo claro y eres tú quien se lo roba?”

Fuerte para la época, ¿verdad? Escuchadla aquí y decidme si no se os ponen los pelos de punta. Pues con lo que aquel represor franquista no tragaba era con el título: “¿Dónde vas con los fusiles? ” (“¿On vas amb els fusells? “). La letra le daba igual (¿…? – yo tampoco lo entiendo). Si no cambiaba el título – dictaminó el censor – no había canción. Llach rectificó y la llamó “Vergüenza ” (“Vergonya “). Tampoco coló: al reprobador seguía pareciéndole inaceptable. Harto del censor y de la madre que lo parió, Llach tiró por la calle de en medio: la tituló “Canción sin nombre ” (“Cançó sense nom “). Listo: aprobado. Y así quedó, para siempre, el título de una de las canciones más duras contra el poder y contra las armas que conozco.

La otra anécdota tiene que ver con una de las palabras más llachianas del diccionario: ternura. Desde 1969 y hasta el concierto final de 2007, Laura Almerich acompañó a Llach en sus conciertos tocando la guitarra, el laúd, el acordeón y un sinfín de extraños instrumentos con cuyo sonido llenaba de color las canciones. Laura lo es todo en la música de Llach; sin ella, no se entendería. Era su mano derecha, su amiga, su cómplice. Tanto es así que un día, hace ya muchos años, Llach le dijo a su amiga Laura que fuese aprendiendo los acordes y los arpegios de guitarra de una canción que estaba componiendo y que quería presentar en el siguiente concierto de Barcelona. A Laura le extrañó que Llach le hiciese aprender los acordes de una canción cuya letra nunca le llegaba a desvelar (en los ensayos él sólo tarareaba) y cuyo título ni siquiera conocía, pero no preguntó nada.

Hasta que, por fin, llega el día del concierto. Llach presenta la canción diciendo que está dedicada a una amiga muy querida que está presente en el recital. Laura comienza a tocar la guitarra, Llach a tocar el piano y a cantar, y entonces ella conoce, por fin, la letra mientras interpreta la música con su guitarra. La canción lleva su nombre,”Laura“, como título, y la letra dice así:

“Hoy que puedo escribirte una canción,
recuerdo cuando llegaste,

con el misterio de lo sencillo,
los ojos inquietos, el cuerpo altivo.
Con la sonrisa de tus dedos
fuiste llenando mis acordes
con cada nota de tu nombre,
Laura.

Me es muy difícil recordar
cuantos escenarios han vivido

nuestra angustia por el presente,
nuestra alegría por el mañana…
En casa, entre tantos compañeros,
o en el triste exilio más allá del mar,
nunca me ha faltado tu aliento,
Laura.

Y si el azar te lleva lejos,
que los dioses guarden tu camino,

que te acompañen los pájaros,
que te acaricien las estrellas.
Y en un rincón de mi voz,
mientras pueda hacerla oír,
siempre estará escondido tu sonido,
Laura”

Al final de la canción, la guitarra de Laura debe asumir el protagonismo con una preciosísima melodía arpegiada. Las manos de Laura pulsan las cuerdas hasta que ya no puede más. Se le agarrotan los dedos, los ojos se le llenan de lágrimas. No puede aguantar la emoción que le produce el regalo de su amigo. Tiene que dejar de tocar. El piano cómplice de Llach sale al rescate de la guitarra muda y la canción continúa mientras Laura llora, llora, llora. Noventa mil personas que ese día abarrotan el Camp Nou se ponen de pie, aplauden, iluminan las lágrimas de Laura con las llamitas de sus mecheros y lloran también. Termina la canción y Llach abraza a Laura, que no puede parar de llorar. Aquello fue (dicen los que tuvieron la dicha de vivirlo) una de las escenas más bonitas y tiernas que se han vivido en toda la historia de la humanidad y, desde ese día, el planeta Tierra es un lugar más humano y habitable.

Contado así podría parecer un precioso cuento de ficción, pero es que ocurrió de verdad. Más abajo tenéis el video. No podéis iros de aquí sin verlo…

Gracias a Lluis Llach, todas las Lauras del mundo tienen una canción preciosa dedicada a su nombre. Gracias a esa canción, todos los hombres del mundo hemos tenido más fácil enamorar a las Lauras ;-), cantándoles y tocándoles al piano esta canción. Gracias a Llach, nuestras almas corren como dos ríos paralelos. Somos huéspedes del beso y la insistencia. Viajamos juntos a Ítaca y a Folegandros. Nunca abaratamos nuestros sueños. Corremos cada día de la mano hasta el gran lago de los sueños, compartimos proyectos y esperanzas y creemos que todo está por hacer y que todo es posible. Gracias a él sabemos también que, a pesar de la niebla, hay que caminar 🙂

Gracias, Llach, por estos regalos. Gracias por tanta música. Gracias por la ternura. Gracias por invitarnos a hacer así, con la sonrisa, la revolución.

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10 thoughts on “Y con la sonrisa, la revolución

  1. Chema, gracias por tu blog y por textos como éste. Me ha emocionado leerlo. El vídeo de la canción a su compañera es maravilloso, y la canción sin nombre desgarradora. Lluis Llach no es de mi época pero lo descubrí por mis padres de pequeña y puede decirse que fue escuchándole cuando empecé a tener conciencia social y sobre todo ganas de seguir escuchando música con letras comprometidas, y ganas de cantarlas bien fuerte, a veces con rabia y a veces con melancolía. Leyéndote me he acordado de momentos en los que mi madre me explicaba, al verme extrañada, cómo podía ser que lograra evitar la censura. Me han encantado ambas anécdotas, como siempre tan bien contadas, y que te enganchan hasta el final.

    Un abrazo

    • En realidad Llach tampoco es de mi época (aunque sí un poco más que de la tuya ;-)) porque cuando empezó a cantar yo casi no había nacido. Lo bueno de los músicos como él es que no son de ninguna época. Son intemporales. Una vez alguien dijo que en el futuro se estudiaría a Llach en las escuelas de música como a un clásico porque era mucho más que un cantautor. No sé si exageraba, pero desde luego como músico es extraordinario (para mí el mejor de la generación de cantautores que empezaron en los 60).

      Gracias a ti, Irene, por pasarte por aquí :-). Un beso.

  2. Qué placer comenzar el día escuchando a Llach. Tiene un significado especial para mí porque tiene que ver con mi llegada a Cataluña.
    Qué acto de amor tan grande es “Laura”. Y con cuánta maestría, a través de una canción que se quedó sin nombre, demostró que los censores no son más que ignorantes con tijera.
    Esperem que algun dia, la revolta, i també la vida, es pugui fer només amb un sonriure…

    • ¿Y yo que recuerdo exactamente el día que llegaste a Catalunya? ¿Si te digo que fue el 12 de mayo de 2006 acierto? Creo que te conocí ese día 🙂 Pillaste a Llach en su gira final, presentando “i.”. Así se llama su último disco, “Y punto”… Qué curioso: con Llach empezaste por el final. Puedes recorrer toda su historia musical en orden inverso. No sé si llegaste a verle cantar en directo alguna vez. Si no fue así, te perdiste algo grandioso pero, como dice Aute, queda la música…

      • Uf, qué fuerte!! sí, el 12 de mayo de 2006… qué memoria!!!
        No lo vi cantar en vivo a Llach. Una lástima, pero sí, siempre nos queda la música…

  3. Menuda caja de Pandora has destapado con este post! Les pusimos a las niñas el vídeo que enlazas, nos pidieron más Llach, surgió la historia de nuestra boda y vuestro Ítaca … el resultado es que Cris no para de cantar Ítaca y la oyó por primera vez hace 3 días. Estamos en fase de buscar las partituras del piano y la flauta .. y de poner los CDs de Llach en el coche a petición de las niñas.

    Un abrazo Chema!!!!

    • ¡Vaya, chicos, la que he liado! Pero seguro que no os importa transmitirles a las niñas el amor por Llach. Ya me veo tocando el piano en la boda de Cris dentro de… ¿pongamos 28 años? Contad conmigo, seguiré practicando el Viatge a Ítaca, pero necesitare flautista. Y hablando de futuro… no puede pasar mucho tiempo sin que vengáis a cenar. Hay alguien que se merece probar de una vez el simulador después del chasco del años pasado. Juan: lo tengo listo y esta vez no va a fallar. Esccribidme, ¿vale? Un beso a los cuatro.

      • Pues sí, se te echa de menos mucho, así que te tomo la palabra. Tengo por delante un par de semanas de viajes, pero a la siguiente te llamamos.

        Respecto a tu artículo, me emocionó, y me trajo muchísimos recuerdos. Es increíble que tengamos tantos referentes comunes. Me faltaban dos, pero veo que uno ya lo has subsanado en las respuestas a los comentarios: Aute y Serrat. Muchas gracias por escribir lo qu escribes, y cómo lo escribes. Un fuerte abrazo.

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