¡Pa’ habernos matao!

ryanair¡Muy buenas a todos!

Mira que he volado veces en mi vida (cienes y cienes, como diría Sabina), incluyendo vuelos de más de 13 horas que te dejan en la otra punta del planeta, pero el caso es que volar cada vez me da más miedecillo. Y es que aunque las estadísticas dicen que volar es el medio de transporte más seguro (incluso aunque el avión tenga un arpa pintada en la cola) las estadísticas dicen muchas tonterías y además durante un aterrizaje de emergencia no te consuela nada saber eso de que la probabilidad de matarte en un tubo volador es de una entre siete millones quinientos mil setecientos veintitrés, la verdad…

No os creáis, hablo con conocimiento de causa. He tenido la suerte de salir vivo de uno de esos aterrizajes límite (digo uno porque el de Grecia no cuenta, ¿no, Consu?) aunque, para qué vamos a engañarnos, tampoco es que el avión llevase un ala partida, o un motor en llamas, o que el piloto y el copiloto se hubiesen intoxicado y estuvieran inconscientes como en “Aterriza como puedas“. Pero fue un aterrizaje de emergencia con todas las de la ley. Ocurrió en Helsinki, el avión iba lleno de finlandeses y… bueno, creo que será mejor que os lo cuente con detalle desde el principio porque además me acuerdo de todo como si fuese ayer…

Pues veréis: en Febrero de 2007, en pleno invierno boreal, iba yo de camino a Saariselka, un pueblecito que está 300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Vamos, donde a Cristo se le congeló el gorro. Menos mal que existen los aviones para salvar los 5500 kilómetros que separan Valencia de Laponia en un pis-pas. Sí, el avión es un gran invento de la humanidad… hasta que a alguien se le olvida apretar un tornillo (¿y yo que pensaba que en los aviones no había tornillos sino solo remaches?).

Despegábamos de Helsinki en dirección a Rovaniemi (tercer avión que tomaba aquel día), ya de noche, bajo una intensa nevada. “No hay problema”, me dije, “estos finlandeses estarán acostumbrados a despegar así”. El avión se puso hecho un basilisco mientras aceleraba para el despegue, como suele ocurrir: siempre parece que se va a desintegrar. Uno siempre teme que con el violento traqueteo se abra el compartimento superior y caiga sobre su cabeza el maletón de mano de 130 kilos que el vecino de asiento ha encajado minutos antes desafiando las leyes de la compresión universal (eso si ha conseguido engañar a la Gestapo de Ryanair, claro, pero ese día volábamos con Blue One). El caso es que el avión aceleraba e, instantes después, se inclinó y comenzamos a ver las lucecillas del aeropuerto cada vez más abajo. Todo normal.

Bueno, todo normal salvo una preocupante vibración que se sentía justo debajo de mis pies. “No pasa nada”, pensé, “será el viento” (debo aclarar que me dan pánico los despegues y siempre creo que algo va mal, pero estoy muy entrenado en el autoconvencimiento). La vibración era tan insoportable que parecía que el avión se iba a descoyuntar. “Nonono papapasa nananada”, seguía diciéndome para mis vibrantes adentros. Desde mi asiento en la tercera fila del avión podía ver frente a mí a las azafatas, sentadas en esas sillitas plegables que parecen para niños y que usan ellas en los despegues. Se miraban entre sí con cara de póker…

Mientras me convencía de que la vibración era normal, noté que el avión dejaba de ascender. Incluso bajaba, a juzgar por el clásico hormigueo en el estómago. “Nada, nada, estará girando y parece que bajamos”, me dije con el autoconvencimiento flaqueando cada vez más.

En esas estábamos cuando la azafata cogió el superteléfono ese que tienen para comunicarse con el piloto que parece un móvil de los años 80 pero con cable. “Tunturikyla sijaitsee inarin kunnassa?”, preguntó la azafata en suomi, que es un idioma que se caracteriza porque no se entiende ni coscojo. Mientras la azafata guardaba silencio para escuchar la respuesta del piloto, imaginé como sería la conversación en caso de que ella fuera de Valladolid y él de Algeciras: “¿Tomamos tierra, capitán?”, y el piloto “¡Te va’ a jartá’ de tierra, quilla!”, porque en ese momento ya era obvio que descendíamos y además a toda leche…

La azafata colgó el superteléfono, más pálida incluso de lo que es habitual en una finlandesa, y sacó de una portezuela el libro de instrucciones del avión (que se llama “Manual de Procedimientos y Operaciones”, o algo así, para que parezca más importante). Era evidente que nunca se lo había leído (normal, ¿quién se ha leído alguna vez un libro de instrucciones? ¡Y tan gordo! ¡Y encima en finlandés!). Muy agitada, parecía no encontrar la página que buscaba, sin duda porque con los nervios no se acordaba de cómo se dice “aterrizaje de emergencia” en finlandés (“¿era ‘matkailukeskus’ o ‘tiiviiksi’?”).

Fue en ese momento cuando el piloto descolgó el superteléfono público y a oídos de todos pronunció las seis palabras fatídicas que se me han quedado grabadas, una por una, en la memoria…

Cabin crew, prepare for emergency landing

Glubs…

Las azafatas, que estaban como flanes, ni puto caso y, claro, a un servidor se le ha olvidado como es la posición de emergencia porque hace mucho que no ve “Aterriza como puedas”. En ese instante, viendo ya por la ventanilla las luces del aeropuerto y las sirenas de los coches de bomberos y las ambulancias todas preparadas (os juro que estaban ahí, rollo “Aeropuerto 77“), a mi vecino de asiento le entraron de repente ganas de hablar (raro, raro en un finlandés) y, en un tranquilo y sosegado inglés completamente inadecuado para la ocasión, empezó a comentar conmigo que sí, que efectivamente había notado una vibración y que le había parecido que no ascendíamos, y yo “calla, coño, que estoy repasando la película de mi vida”, porque el tío no me dejaba en paz y además solo decía obviedades. Claro, me desconcentré, y ya no sabía si iba por cuando robé tres gominolas y un chicle Bazoka con 8 años en el puesto del cole o cuando tiré del pelo a mi prima Blanca a los 11 porque rompió mi coche teledirigido.

Como había perdido el hilo de la peli de mi vida, hice como que ponían anuncios y me puse a observar a mis compañeros de accidente. ¡Cómo se notaba que eran nórdicos! Todos callados, mirando por la ventanilla o hablando pausadamente con el de al lado. Si hubieran sido españoles estarían algunos gritando “socorro”, otros “que nos matamos”, otros rezarían jaculatorias de viva voz mientras los de cola improvisaban un rosario. Allí, en cambio, había un pasmoso silencio…

En eso, el avión posó sus ruedas traseras en la pista, y el morro empezó a descender para que la rueda delantera tocara el asfalto. La vibración estaba justo ahí, en el tren delantero, así que nadie sabía si la rueda había salido de su compartimento o si se había quedado atascada después del despegue. Esa parecía ser la cuestión. Podíamos aterrizar sin problemas, o podíamos deslizarnos sobre la pista envueltos en chispas hasta acabar empotrados contra la torre de control. En eeessssoooosssss sssseeegggunnddooooossss eeeettttttteeeeeeerrrrrrnnnnnooooosssss tttooodddooo ppppaaaarrreeeeccciiióóóó ttttrrrraaannsssscccccuuuurrrrrrriiiirrr aaa cccááámmmaaarrraaa lllleeennttttaaa, hasta que de pronto “¡¡¡bum!!!”, “íííííííííí”…… “¡¡¡¡ploff!!!”, la rueda delantera tocó la pista.

El avión frenó y se detuvo en seco. ¡¡¡¡Estábamos vivos!!!! ¡¡¡La rueda había salido!!! En ese momento me giré hacia mi vecino de asiento para abrazarle y decirle lo mucho que le quería, pero su cara completamente inexpresiva me hizo desistir. Miré hacia atrás y nadie reía, ni aplaudía, ni se abrazaba al desconocido de su izquierda. Al contrario, seguían mirando tranquilamente por la ventanilla. Algunos conectaron su teléfono móvil (Nokia, claro, estábamos en Finlandia y además en esa época no había iPhones) y, a juzgar por el tono de voz, parecía que decían “Henkka, no metas el filete de reno en el horno todavía que llegaré un poco más tarde de lo previsto”, y otras “Mikka, no enciendas todavía la sauna que ha habido un pequeño retraso”.

¡Era increíble, qué frialdad! ¡Habíamos estado a punto de espicharla! En España, en esos momentos, después de estrujar y besar a quien tuviésemos al lado, estaríamos todos haciendo la conga y dando vítores al piloto, al que sin duda habríamos manteado al salir de la cabina aclamándole como a un héroe. Somos mucho más expresivos. ¿Nunca habéis aterrizado en algún aeropuerto de la península y habéis visto como la gente aplaude al piloto al tomar tierra? Yo nunca lo he entendido: es como si aplaudiésemos al chófer de Autocares La Adradense cuando aparca en la estación de autobuses de San Martín de Valdeiglesias… pero bueno, así de extrovertidos somos los españolitos.

Pues me quedé con las ganas de ver las muestras de júbilo de los finlandeses que poblaban el avión, porque así parecía que no había sido nada y, joder, uno no está a punto de matarse todos los días. Ni siquiera nos obsequiaron con eso tan divertido de tirarnos por un tobogán amarillo en postura de Tutankamon. Desde entonces, cuando paseo por una calle finlandesa (he vuelto un par de veces) siempre me fijo en las caras de los transeúntes por si la casualidad o el destino vuelven a cruzarme con mi vecino de asiento. Quiero darle el abrazo que no puede consumar aquel día en el interior de aquel avión. Espero, eso sí, no encontrármelo en una sauna de esas donde todos están en pelotas…

Este relato está basado en hechos reales. Cualquier parecido con la realidad es la pura verdad. Investigaciones posteriores revelaron que la portezuela del tren delantero no cerró bien tras el despegue por culpa de un tornillo mal apretado. Los pasajeros fueron cruelmente obligados a volar una hora más tarde en el mismo avión después de ser presuntamente reparado.

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13 thoughts on “¡Pa’ habernos matao!

  1. jajaja, muy buena tu historia Chema (como viene siendo habitual). Lo malo es que mis compañeros de pasillo ahora deben de pensar que no estoy trabajando mucho si me han oído aquí riéndome solo en mi despacho. Tus traducciones de Finés suenan muy convincentes!!

  2. Por alusiones (siempre que mentan a los finlandeses me siento aludida). Como supongo que entre los lectores de este blog no hay ningún finlandés, aquí va mi teoría (madurada tras haber vivido allí 1 año). Los finlandeses no son humanos. Habeis visto “La invasión de los ultracuerpos”. Pues eso. Todos nacidos de un pepino.

    Por cierto, habeis ya volado con Chema? Yo sólo lo hice una vez y no lo olvido. Primero le pararon porque llevaba un objeto contundente no identificado en el equipaje de mano (un chorizo, que además era mío), de aquello de “póngase aquí y abra la bolsa” (nos libró que fuera antes del 2001). Luego en el avión le dió con que tras la explicación de la azafata debería haber una ronda de preguntas, porque no estaba nada claro si el chaleco se ata así o asao, si para que suene el pito hay que soplar muy fuerte etcétera… Me estaba tomando el pelo (creo) pero cuando la azafata terminó su charla coge y levanta el dedo, como en el cole, y yo “Chema mira a ver, que nos está mirando todo el mundo!”. Y luego mientras despegábamos se pone a contar en voz alta…UNO, DOOOS, TRES… Tuve que esperar hasta el DIEZ para que me explicara que siempre cuenta porque los diez primeros segundos del despegue son los más peligrosos. El lo contó con probabilidádes y asíntotas y esas cosas, pero a mi la cantinela de los 10 segundos se me ha quedado, y ahora siempre que vuelo la que cuento soy yo.

    • 🙂 Ana, ¡¡qué sería de mis blogs sin tus comentarios!! Me moría de risa leyéndote. Siempre me acuerdo de aquel viaje… Sin embargo, he de hacer dos precisiones. La primera: son los primeros VEINTE segundos de vuelo (y no solo los DIEZ primeros) los que entrañan mayor riesgo, así que ya puedes ir aumentando la cuenta. La segunda: la duda que más me corroe no es la de los chalecos (al fin y al cabo, si el avión cae al mar lo normal es que te mates del golpe, y si no da igual porque te comen los tiburones), sino la de las mascarillas de oxígeno. “Tire fuertemente hacia usted”, te dice la voz en off, pero… ¿cuánto exactamente es “fuertemente”? Si tiras demasiado flojo, no saldrá el oxígeno, pero si tiras muy fuerte puedes arrancar la mascarilla. ¿Entonces? No pido que te lo digan en Newtons (en Kilopondios bastaría), pero al menos podrían dar un rango o algo, ¿no? En fin, lo preguntaré en voz alta la próxima vez que vuele contigo… 😉 ¡Besotes!

      • Conoces a Billy Connolly?? Siempre que veo este sketch me acuerdo de ti Chema. Es sobre como nos mienten en los aviones con las instrucciones de seguridad.

        Tiene un acento de Glasgow muy fuerte, así que igual tienes que escucharlo varias veces para pillarlo entero. Yo me lo conozco de memoria, pero sigo llorando de risa cada vez que lo oigo.

        • ¡¡Buenísimo!! I arrived before I fuckin’ left! Eso te puede pasar de verdad, y no hace falta que sea en el Concord. Me encanta lo de “there’s something basically wrong with flying!” Mi tío Ángel dice que no es normal subirse a una “Sepulvedana con alas” 🙂 If god wanted us to fly he’d buy the tickets!!!! Es buenísimo (y con ese acento escocés que parece que están siempre de cachondeo). Y lo de “in the highly unlikely event…” siempre pienso lo mismo cuando lo dice la azafata: si dicen eso es porque es más probable de lo que parece. ¡¡Cuando lo oigo me asusto más!! Y “luckly all the passengers were wearing seatbelts”!!! ¡Menudas broncas te echa la azafata si te pilla sin el cinturón! En Ryanair te ponen hasta multas (y si no, al tiempo…). No conocía a este Billy Connolly pero es genial. Con lo difícil que resulta hoy encontrar humoristas que de verdad hagan reír…

  3. Creo que ya había leído esta historia pero volvió a sacarme carcajadas!!! Impecable descripción!!! Bueno… estoy aun mes de viajar muuuy lejos.. no sé si fue la anécdota más oportuna pero es tan excelente que no importa!

    • Tranqui, María, que al sitio donde tú vas no vuelan ni Ryanair ni Blue One. Eso sí, a veces pasan cosas raras. Cuando estuve por allí mi billete incluía un tramo Delhi-Katmandú que al final… resultó que no existía. Nadie nos dio ninguna explicación, simplemente ese vuelo no constaba en la historia de la humanidad… hasta que se nos apareció Shiva y nos metió de estrangis en un vuelo que llegaba a Katmandú pero de otra compañia. Cosas de aviones… Un beso desde el otro lado del charco.

  4. hola chema soy ines y estoy siguiendo tu blog!!!
    quiero que me respondas con un “gracias ines”
    jajajajajajajjajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaj
    jijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijijiji
    jujuujujujujujujujujujujujujujuujujujujuujujujuujujujujuujujuj
    jojoojojojjoojojojjojojojojojojojoojojojojojojojojo
    !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    (este es un comentario tonto)
    Ines ❤

  5. Jajajajajajajaj A pesar de ser la segunda vez que escucho/leo la historia me sigo partiendo. Me ha encantado la parte de:

    ““Henkka, no metas el filete de reno en el horno todavía que llegaré un poco más tarde de lo previsto”, y otras “Mikka, no enciendas todavía la sauna que ha habido un pequeño retraso”.”

    Yo he estado viviendo un año en Suecia y es exactamente igual (pero con móviles Sony Ericsson), imagino que el bajón de adrenalina lo tuviste que pasar tu solito y encima sintiéndote un raro/histérico. Jajajajaja me alegro de que todo saliera bien al final.

    Queremos historia de la alarma asturiana!!!!

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